Crónica de Jay Allen sobre la matanza de Badajoz

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Elvas, Portugal, 25 de agosto de 1936

Esta es la historia más dolorosa que me ha tocado abordar jamás: la escribo a las cuatro de la mañana, enfermo de cuerpo y alma, en el hediondo patio de la Pensão Central, situada en una de las sinuosas calles blancas de esta empinada ciudad fortificada. Jamás podría volver a encontrar la Pensão Central, y nunca desearé hacerlo.
Vengo de Badajoz, que se encuentra a pocos kilómetros de aquí, en España. He subido al tejado para volver la vista hacia allí. Había un incendio. Están quemando cuerpos. Cuatro mil hombres y mujeres han muerto en Badajoz desde que los legionarios extranjeros y los moros rebeldes del general Francisco Franco saltaron por encima de los cuerpos de sus propios camaradas muertos para atravesar las murallas tantas veces maceradas en sangre.

He tratado de dormir. Pero no se puede dormir sobre una cama sucia e irregular en una habitación cuya temperatura es la de un baño turco, mientras los mosquitos y las chinches te torturan y mientras los recuerdos de lo que has visto te torturan aún más, con el olor de la sangre en el pelo y con una mujer sollozando en la habitación de al lado.
Han pasado nueve días desde que Badajoz cayó, el 14 de agosto. Los ejércitos rebeldes habían seguido avanzando (para sufrir una desagradable derrota en Medellín, si mis informaciones son correctas, y a veces lo son) y los reporteros, a los que daban de comer en la mano y tenían estrechamente vigilados, habían avanzado tras su estela. Nueve días es mucho tiempo para el oficio periodístico; Badajoz ya es agua pasada, pero también es uno de esos fatídicos lugares cuya verdad acerca del mismo no saldrá a la luz muy pronto. De modo que a mí no me importaba llegar nueve días tarde si a mí periódico tampoco le importaba.

Empezamos a escuchar la verdad antes de salir del coche. Dos vendedores ambulantes portugueses que estaban en la puerta del hotel conocían a mi amigo. Como siempre, Portugal está en vísperas de una revolución. La gente parecía saber quiénes eran «los otros». Esa es la razón por la que llevé a mi amigo.
Murmuraron algo. Este era el balance final: millares de milicianos y milicianas republicanos, socialistas y comunistas fueron masacrados tras la caída de Badajoz por el delito de defender su República contra el ataque de los generales y los terratenientes.

Desde entonces, han sido fusilados entre cincuenta y cien cada día. Los moros y los legionarios extranjeros se dedican al saqueo. Pero lo peor de todo es que la «Policía Internacional» portuguesa, desafiando la costumbre internacional, está devolviendo a los refugiados republicanos, de veinte en veinte, y de cien en cien a una muerte segura a manos de los pelotones de fusilamiento rebeldes.

Hoy mismo [23 de agosto] llegó aquí un coche enarbolando la bandera roja y amarilla de los rebeldes. En él viajaban tres falangistas (fascistas). Iban acompañados de un teniente portugués. Se dividieron entre las callejuelas para llegar al hospital donde se encontraba el señor Granado, gobernador civil de la República en Badajoz. El señor Granado, junto con el mando del Ejército, el coronel Puigdengola, abandonaron la milicia leal dos días antes de la caída de Badajoz.

Los fascistas subieron las escaleras corriendo, atravesaron un pasillo a toda prisa con las armas desenfundadas y entraron en la habitación del gobernador. Este estaba fuera de sí ante el horror de lo sucedido. El director del hospital, el doctor Pabgeno, se arrojó sobre su indefenso paciente y pidió ayuda a gritos. Así salvó una vida. El día anterior, el alcalde de Badajoz, Madroñero, y el diputado socialista Nicolás de Pablo fueron entregados a los rebeldes. El martes, se escoltó a cuarenta refugiados republicanos hasta la frontera española. Treinta y dos fueron fusilados a la mañana siguiente. Cuatrocientos hombres, mujeres y niños fueron escoltados por la caballería para cruzar el puesto fronterizo de Caia hasta llegar a las líneas españolas. De ellos fueron ejecutados cerca de trescientos.

Volvimos a subir al coche y fuimos a Campo
Maior, que se encuentra a solo siete kilómetros de Badajoz, en el lado portugués. Un policía de aduanas parlanchín nos dijo:

—Claro que volvemos a entregarlos. Son peligrosos para nosotros. No podemos tener a rojos en Portugal en un momento como este.
—¿Y qué hay del derecho de asilo?
—Bueno —dijo—, Badajoz pide la extradición.
—No hay extradición para delitos políticos.
—Se está haciendo en toda la frontera, de arriba abajo, siguiendo órdenes de Lisboa —dijo con beligerancia.

Nos fuimos. Volvimos en coche a Elvas. Encontré a portugueses como ese y muy distintos, buenos amigos.
—¿Quieres ir a Badajoz?—preguntaban. —No —les decía—, porque los portugueses dicen que la frontera está cerrada y me colgarían.
Tenía otra razón. A los rebeldes no les gustan los reporteros que ven ambos bandos. Pero me ofrecieron llevarme y volver a traerme sin complicaciones. De manera que partimos. De repente nos salimos de la carretera para cruzar un puente que, atravesando el río Guadiana, conduce a la ciudad en la que los soldados de Wellington hicieron estragos en las guerras peninsulares, donde ahora sucede otra tragedia.

Estábamos en España. Conocían a mis amigos.
La persona adicional que iba en el coche (yo) pasaba inadvertida. No nos detuvieron.

Fuimos en coche directos hasta la plaza. Aquí hubo ayer un fusilamiento ceremonial, simbólico. Siete republicanos destacados del Frente Popular (leales), fusilados con banda de música y todo delante de tres mil personas. Para demostrar que los generales rebeldes no fusilaban solo a trabajadores y campesinos. No hay que dar muestras de favoritismo entre los miembros del Frente Popular.

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Nos detuvimos en la esquina de la angosta calle de San Juan, demasiado estrecha para poder circular en coche. A través de ella huían los milicianos leales para refugiarse en una fortaleza musulmana que hay en una montaña cuando los descendientes de quienes la construyeron atravesaron la Puerta de la Trinidad.
Fueron apresados por legionarios que subían desde la puerta por el río y disparaban andanadas a las esquinas de la calle. Todas las demás tiendas parecían destrozadas. Los conquistadores lo saqueaban todo a su paso. Los portugueses llevan toda esta semana en Badajoz comprando relojes y joyas prácticamente regalados. La mayor parte de las tiendas pertenecen a los de derechas.
—Es el impuesto de guerra que pagan por salvarse —me dijo un oficial rebelde en tono serio.
Al final de la calle de San Juan se veían los inmensos contornos de la fortaleza del alcázar. De allí fueron expulsados con botes de humo y posteriormente abatidos los defensores de la ciudad que buscaban refugio en la torre de Espantaperros. Pasamos por una gran tienda de comestibles que parecía haber sufrido un terremoto.

—La Campana —dijeron mis amigos—.
Pertenecía a don Mariano, un destacado azañista. Fue saqueada ayer después de que Mariano fuera fusilado.

Recorrimos en coche el exterior de las murallas hasta la plaza en cuestión. Sus muros de arenisca se asomaban al fértil valle del Guadiana. Es una bonita plaza de yeso blanco y ladrillo rojo. Aquí vi una vez al torero Juan Belmonte en la víspera de la corrida, una noche como esta, cuando fue a ver encerrar los toros. Esa noche también encerraban el forraje para el espectáculo de mañana. Hileras de hombres, con los brazos al aire.
Eran jóvenes, en su mayoría campesinos con camisas azules, mecánicos con mono. «Los rojos». Siguen deteniendo a gente. A las cuatro en punto de la mañana son arrojados al ruedo por la puerta por la que sale el paseíllo de la corrida. Allí les esperaban las ametralladoras. Después de la primera noche se decía que la sangre iba a alcanzar un palmo de altura al otro lado del callejón.
No lo dudo. Mil ochocientos hombres —había también mujeres— fueron acribillados allí en unas doce horas. En mil ochocientos cuerpos hay más sangre de lo que uno pueda imaginar.

Nos detuvieron en la puerta principal de la plaza, y mis amigos hablaron con los falangistas. Era una noche calurosa. Olía a algo. No soy capaz de describirlo y no lo describiré. Los «monosabios» tendrán mucho trabajo que hacer para volver a dejar presentable esta plaza para la matanza ritual de una corrida. Por lo que a mí respecta, se acabaron las corridas de toros; para siempre.

Volvimos en coche a la ciudad y pasamos por delante de la excelente escuela nueva y el instituto de salud de la República. Los hombres que los construyeron están muertos, fusilados por «rojos» porque trataron de defenderlos.

—Hasta ayer aquí había un charco ennegrecido de sangre —dijeron mis amigos—. Todos los militares leales fueron fusilados aquí y sus cuerpos fueron expuestos durante días para dar ejemplo.
Les dijeron que salieran, de modo que se apresuraron a abandonar la casa para recibir a los conquistadores, pero los abatieron y saquearon sus casas. Los moros no tenían favoritismos.
Vuelta a la plaza. Durante las ejecuciones, Mario Pires enloqueció.
Había tratado de salvar a una hermosa joven de quince años capturada con un fusil en las manos. El moro fue categórico. Mario presenció su fusilamiento. Ahora está bajo tratamiento médico en Lisboa.
Sé que en el otro bando hay horror en abundancia. Conozco a centenares e incluso a millares de personas inocentes muertas a manos de masas vengativas. Pero sé quién fue el que se levantó para «salvar a España» y levantó así a las masas en una defensa que es tan salvaje como valerosa.

De todos modos, estoy informando sobre Badajoz. Durante el asedio aquí fueron ejecutados a diario una docena o más de derechistas.

Sin embargo, de vuelta en Elvas, en el casino, pregunto con diplomacia:
—Cuando los rojos quemaron la cárcel, ¿cuántos murieron?
—Pero si ellos no quemaron la cárcel.
-Yo había leído en la prensa de Lisboa y de Sevilla que lo habían hecho.
—No, los hermanos Pla lo impidieron.
Conocía a Luis y Carlos Pla, unos jóvenes ricos y de buena familia que tenían el mejor taller del sudoeste de España. Eran socialistas porque decían que el Partido Socialista era el único instrumento que podía quebrantar el poder de los señores feudales de España.

—Aplacaron a la multitud que quería quemar a los trescientos derechistas de la cárcel justo antes de que entraran los moros diciéndoles que ellos iban a morir en defensa de nuestra República, pero que no eran unos asesinos. Ellos mismos fueron los que abrieron las puertas para que la gente escapara.

—¿Qué les sucedió a los hermanos Pla?
—Fusilados.
—¿Por qué? No hubo respuesta. No hay ninguna respuesta. A todas esas personas se les podría haber permitido huir a Portugal, a cinco kilómetros, pero no se les permitió.

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