Salvador de Madariaga y la crisis de Manchuria

El 2 de febrero de 1932 en Europa, la Sociedad de Naciones trata de poner fin al conflicto chino-japonés, ocasionado por la invasión del ejército japonés de Manchuria el 19 de septiembre de 1931.

china-y-japon-en-guerra-1A tal efecto, hay que señalar la contundente reacción e iniciativa de Salvador de Madariaga representante de la República Española en el Consejo de la Sociedad de Naciones en ese momento.

Ante todo hay que recordar que la ambición de Madariaga era situar a España en el “mapa de las relaciones internacionales”.

Contrariamente a lo que sucedía en tiempos de Quiñones de León, embajador de la monarquía en París y delegado en la Sociedad de Naciones de Ginebra, la política exterior de España se apoyaba en esta nueva etapa en la opinión pública, sobre todo la del mundo, que coincidía con la de la élite liberal española.

Se desmarcó de anteriores regímenes con su voluntad de cooperación efectiva -en la línea de la neutralidad activa-.Mientras que para la monarquía, Europa, o sea Ginebra, había sido un medio para conseguir un fin (las reclamaciones españolas sobre Tánger, en el caso de la dictadura de Primo de Rivera); para la República sería un fin en sí mismo, desde una doble perspectiva: la perspectiva interna: identificación con lo que ideológica, política y culturalmente Ginebra, o sea Europa, significaba; y la perspectiva externa: el Pacto representaba una verdadera garantía colectiva para su defensa nacional, al igual que para otras pequeñas potencias neutrales sin apetencias de expansión y que no tenían medios para defenderse por sí mismas en caso de agresión.

Fue con motivo de la llamada “crisis de Manchuria”, que Madariaga califica no de conflicto chino-japonés, sino de duelo entre Japón y la Sociedad de Naciones, el primer caso en el que un Estado miembro violó abiertamente el Pacto. Y fue también la manera en la que los países miembros de la Sociedad de Naciones cedieron ante el agresor, es decir, Japón, lo que incitaría a otras potencias a futuras agresiones.

La posición de las grandes potencias en este conflicto fue no sólo deplorable, sino también vergonzosa. El conflicto de Manchuria puso de manifiesto que las grandes potencias no creían en el Pacto. Todo era pura pantomima.

A los miembros permanentes del Consejo, es decir, las grandes potencias, no les importaban más que sus intereses materiales.

La moral y el derecho no contaban para nada. La única voz con prestigio que se alzaba entonces para defender a la Sociedad de Naciones y, de rechazo, a China, era la de Salvador de Madariaga, al que la opinión internacional empezaba a llamar ya “Don Quijote de la Manchuria”.

En la reunión extraordinaria de la Asamblea convocada a petición de China, pronunció el día 7 de diciembre Salvador de Madariaga un discurso en el que declaró que: “el mundo necesita orden. Pero el orden no son los uniformes ni los soldados. El orden es la regla, el orden es el derecho. Proclamemos el derecho. Creamos en el derecho. Afirmemos el derecho”.

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Madariaga sostenía que la República española debía ser consecuente con las ideas proclamadas en su Constitución, cuyo artículo 6º,que había sido incluido durante el debate de la Constitución precisamente a iniciativa suya, decía: “España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional., y el 7º que estipulaba: “El estado español acatará las normas universales del Derecho Internacional, incorporándolas a su derecho positivo”.

En el conflicto chino-japonés, Madariaga defendía su actuación en Ginebra como plenamente conforme a las ideas de la República en política exterior, contrarias al militarismo y al imperialismo y a favor de las instancias de derecho creadas por el Pacto de la Sociedad de Naciones.

Madariaga consideraba que lo que se venía haciendo era lo contrario de lo que convenía hacer: en vez de amenazar y condenar a Japón en público, mientras que, bajo mano, algunos Estados miembros procuraban estar a bien con el agresor, no había que atacarlo públicamente para no humillarlo, sino mandar, como representante de todos, a una sola persona a Japón, para hacer comprender al gobierno nipón que, si no resolvía el problema conforme al Pacto en el plazo de treinta días, la Sociedad de Naciones “pasaría a la acción”.

Sir John Simon, que había sucedido a Sir Robert Cecil al frente del Foreign Office (ministerio de asuntos exteriores inglés) y a quien Salvador de Madariaga le sugirió que la Sociedad de Naciones debía ejercer más presión sobre Japón, replicaba preguntándole si la Escuadra española estaría dispuesta a cooperar llegado el caso, a lo que Salvador de Madariaga respondía, a su vez, que la Escuadra española estaría al lado de la inglesa siempre que la inglesa estuviera al lado del Pacto. Vansittart, segundo en el Foreign Office, ironizaba en sus Memorias a propósito de la ayuda que pudiera prestar la Armada española, preguntándose si es que existía.

Sus esfuerzos para coordinar la acción internacional llevaron al ministro británico de Asuntos Exteriores, Sir John Simon, a llamarle «la conciencia de la Sociedad de Naciones».

En aquellos momentos la delegación española figuraba, junto con la de Checoslovaquia y Suecia, a la cabeza de los intereses del Pacto.

El hecho de estar España acompañada de dos países cuyos delegados eran dos hombres de Estado,  Benes y Unden- con tanta experiencia internacional probaba, según Madariaga, que la política de la delegación española era enérgica, pero no imprudente.

Y añadía: “Hoy las opiniones de la República española están en minoría en el mundo, lo que es un honor para ella.

La posición de la de delegación española en Ginebra a propósito del conflicto chino-japonés había ido creando en la población china una corriente de simpatía hacia España, como lo demostraba la copiosa correspondencia recibida por Salvador de Madariaga, entre la que figuraba una carta de las fuerzas vivas de Shanghai, en la que pedían que España mandase una misión comercial a China.

Por el contrario, las autoridades japonesas mostraron una actitud muy negativa hacia las delegaciones europeas con manifestaciones hacia la delegación española que se conocen a través del informe enviado al Ministro de Estado de España, Luis de Zulueta, por la delegación

Española en Tokio donde se pone de manifiesto la actitud hostil de las autoridades niponas hacia la Embajada de España a la que amenazan con incendiar, así como a las delegaciones de otras pequeñas potencias.

Dadas las repercusiones internacionales que ocasionaba la actuación de Madariaga en Ginebra; ésta no contaba siempre con la plena aquiescencia de Madrid. Luis de Zulueta, ministro de asuntos exteriores, se quejaba de los efectos en las relaciones de España con Japón de la posición adoptada por Madariaga respecto a Manchuria: “Madariaga toma posiciones quijotescas a favor de China que nos indisponen con el Japón”, e indicó a Azaña que “Madariaga se olvida a veces, en la Sociedad de Naciones, de que representa a nuestro país, y procede como un intelectual”.

Manuel Azaña declararía, en la misma línea, que Madariaga procedía como “si fuera el portavoz y el apóstol de la Sociedad de Naciones”, y se olvidaba de que cuanto él dijera, lo decía España. Azaña recalcó que aunque estaba bien sostener una política elevada y moral, llevarla a tales extremos no podía sino producir conflictos por cuestiones que no afectaban directamente a los intereses de España .

Como conclusión; Es significativo y lamentable al mismo tiempo que sería la propia República española la que sería traicionada por las potencias democráticas, cuando se le negó la ayuda que por los acuerdos internacionales suscritos y por imperativo moral necesitaba para sofocar la sublevación de los militares rebeldes ayudados decisivamente por la Alemania nazi y la Italia fascista, lo que fue determinante para la derrota y destrucción de la joven democracia española.

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Fuentes utilizadas:

  • Salvador de Madariaga y la política exterior española durante la II República: María Rosa de Madariaga Álvarez-Prida
  • Memoria de la Segunda República: mito y realidad
  • Las tres Españas del 36: Paul Preston

 

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