¡Fuera Millán Astray, viva la inteligencia!

El mes pasado, la intención del ayuntamiento de Madrid de retirar una calle a Millán Astray en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica provocó fuertes protestas por parte de los legionarios y de dirigentes del PP que salieron a defender su figura y a encumbrarlo como héroe nacional, llegando a presentarlo prácticamente como una hermanita de la caridad que contribuyó a la “reconciliación entre los españoles”. La semana pasada cientos de legionarios se manifestaron otra vez diciendo que llegarán hasta “las últimas consecuencias” para defender a Millán Astray, y un teniente coronel dijo que el retirar la calle era una muestra de odio y revanchismo.

Aunque no nos pudimos pronunciar sobre el tema cuando la polémica estaba más caliente creemos que no debemos mantenernos al margen de la polémica y por ello en este artículo vamos a  exponer las razones que aconsejan retirar el nombre de Millán Astray de las calles. A través de su biografía, haremos referencia a su carácter y a su implicación en la guerra civil y en la dictadura franquista.

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José Millán Astray y Terreros fue, quizá, la persona que más influencia ejerció en la formación moral e ideológica de Francisco Franco. Santificado en vida con el apodo «el glorioso mutilado», su contribución al ideario violento de la extrema derecha española fue única, gracias a la creación del Tercio de Extranjeros. En él institucionalizó y evangelizó los valores brutales y embrutecedores con que Franco libró y ganó la guerra civil española. Contribuyó al auge de la fama de Franco nombrándole su segundo jefe y comandante de campo de una fuerza pronto celebrada por su eficacia y su valentía. Millán intervino también en el nombramiento del futuro Caudillo como director de la Academia Militar General de Zaragoza, y sin duda sus puntos de vista prevalecieron en el tipo de educación militar que Franco inculcó en dicha institución. Durante la guerra civil creó y divulgó incansablemente la imagen de Franco como salvador invencible. Más concretamente, su participación fue de vital importancia en las maquinaciones de la última semana de septiembre mediante las cuales Franco ascendió al puesto de jefe del Estado.

 

Sus primeras intervenciones bélicas destacadas empezaron cuando se presentó voluntario para participar activamente en la represión de la rebelión nacionalista que había estallado en Filipinas, a donde llegó el 3 de noviembre de 1896.

Sediento de aventuras y convencido de que con el lento ritmo de vida de España no se cubriría de gloria ni obtendría los rápidos ascensos que ambicionaba, solicitó que lo trasladaran a África. Finalmente, en agosto de 1912 fue enviado a servir en los recientemente creados Regulares Indígenas. A partir de 1913 Millán se hizo con una reputación de oficial valiente y decidido. Fue entonces cuando inició la costumbre de motivar a sus hombres con ardientes arengas antes de entrar en acción.

En 1918 empezó a exponer la idea de que España precisaba una fuerza mercenaria para evitar que la opinión pública pusiera fin a sus aventuras en África.

En septiembre de 1919 decidieron enviarlo tres semanas a estudiar en la Legión Extranjera de Francia, en Argelia Allí visitó el cuartel general de la Legión Extranjera francesa en Sidi-Bel-Abbés. Lo que más le impresionó fue el sistema de compensaciones suntuosas y castigos salvajes.

Entretanto, su persuasivo cabildeo en Madrid había dado fruto, y por real decreto del 28 de enero de 1920, Millán, ascendido a teniente coronel tres semanas antes, fue nombrado jefe de la Legión Extranjera, o Tercio de Extranjeros, como se la llamó. Pidió a Franco que fuera su segundo jefe, y éste, tras dudar un poco, aceptó.

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Cuando el 10 de octubre de 1920, bajo el mando de Franco, llegaron a Ceuta los primeros reclutas de la «primera bandera», una abigarrada colección de inadaptados y asesinos, algunos duros, otros despreciables, Millán los saludó con un mensaje resuelto: «Os habéis levantado, de entre los muertos, porque no olvidéis que vosotros ya estabais muertos, que vuestras vidas estaban terminadas. Habéis venido aquí a vivir una nueva vida por la cual tenéis que pagar con la muerte. Habéis venido aquí a morir.»  Y acabó con un «¡Viva la muerte!». Diríase que sabía, por instinto, el modo de sacar a relucir lo mejor de esa mezcolanza de bandidos, forajidos y descontentos que se había presentado y que comprendía desde criminales fugitivos hasta veteranos de la Guerra Europea incapaces de adaptarse a la existencia en tiempos de paz. Les ofreció un nexo social, una suerte de calor y compañerismo humanos. A cambio, exigió obediencia ciega y plena disposición a morir. Transmitió a Franco su romántica idea de que, mediante el sacrificio, la disciplina, el sufrimiento, la violencia y la muerte, la Legión ofrecería redención a los parias que tenía por reclutas; Juntos, Millán y Franco elaboraron una rutina brutal que convertía a los reclutas en autómatas capaces de obedecer las órdenes sin cuestionarlas. De hecho, para Millán lo irracional fue siempre más importante que lo racional.

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Los psicópatas, los borrachos y los parias eran tratados brutalmente, a cambio de lo cual se les permitía dar rienda suelta a su sed de sangre. Cuando atacaba, el Tercio no reconocía límites a su venganza. Cuando abandonaba un pueblo, no quedaba más que incendios y los cadáveres de hombres, mujeres y niños.

Pese a la feroz disciplina impuesta en otros aspectos, Millán y Franco no ponían límites a las atrocidades cometidas en las aldeas moras; los legionarios decapitaban a los prisioneros y exhibían sus cabezas cortadas.

Millán y Franco se deleitaban con la terrible reputación de sus hombres y se enorgullecían de su brutalidad. La notoriedad de la Legión constituía un poderoso instrumento de represión colonial. Así, Franco aprendió importantes lecciones en cuanto a la función ejemplarizadora del terror. Tanto con la Legión en África como durante la guerra civil, permitió y alentó el asesinato y la mutilación de prisioneros. Los años que convivió con el inhumano salvajismo de la Legión de Millán contribuyeron a una deshumanización que le serviría posteriormente como fuente de valor y fortaleza  . En octubre de 1934, por ejemplo, cuando se le encargó que supervisara la represión de la insurrección izquierdista en Asturias, envió a la Legión. «Esta guerra es una guerra de fronteras —comentó a un periodista—, y los frentes son el socialismo, el comunismo y todas cuantas formas atacan la civilización para reemplazarla por la barbarie.»  Sentía por los obreros de izquierdas el mismo desdén racial que por los miembros de las tribus del Rif. El terror que desató en Asturias, lo repetiría en el sur de España en 1936. El avance del ejército de África hacia Madrid provocaba un pavor paralizador. Una vez que las columnas africanas tomaban las ciudades y las aldeas, llevaban a cabo una matanza de prisioneros y violaban a las mujeres . La intimidación y el uso del terror, descritos con el eufemismo de «castigo», constituían una táctica deliberada y explícita. Franco se apoyaba en el legado de Millán.

A principios de su carrera Millán fue irresponsablemente valiente y muy temerario, y, sin embargo, en su valentía tal vez hubiese algo calculado. En todo caso, desde el momento en que fundó la Legión su comportamiento se caracterizó más bien por los excesos histriónicos.

La temeridad de Millán en el campo de batalla hizo estragos en su persona. Dadas sus heridas, lo describían como el general «recompuesto de garfios, maderas, cuerdas y vidrios ». Tenía una enorme cicatriz en el pecho, reliquia de una herida recibida el 17 de septiembre de 1921, perdió el brazo izquierdo cuando, el 26 de octubre de 1924, en Fondak, Marruecos, una bala le atravesó el codo; dos días después tuvieron que amputarle el brazo, que se había gangrenado. Perdió un ojo, cuando, el 4 de marzo de 1926, una bala penetró en su mejilla, le destrozó la cuenca del ojo derecho, le rompió la mandíbula y le sacó numerosos dientes.

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A los cuatro meses había vuelto al servicio activo. El 18 de junio de 1927 fue ascendido a general de brigada y se vio obligado a dejar la Legión. El 1 de octubre de 1927, lo nombraron coronel honorario permanente de este cuerpo, posición que aprovecharía al máximo durante la guerra civil.

Tras la proclamación de la República , pese a que se quedó sin puesto activo y a que en febrero de 1932 fue pasado a la reserva, al principio consiguió evitar confrontaciones con el nuevo régimen, si bien se rumoreaba que formaba parte de los diversos complots militares contra Azaña.

Sin un cargo remunerado que le obligara a quedarse en España, inició una bien pagada gira de conferencias por Argentina; además, en la radio explicaba sus hazañas en Marruecos y exhibía sus cicatrices en los salones de los ricos. Se dice que al enterarse del alzamiento gritó a su esposa: «Elvirita, la radio dice que la Legión se ha alzado. Eso para mí es como oír el grito de “¡A mí la Legión!”», y reservó rápidamente pasaje en un barco que partía hacia España. Millán llegó a Lisboa a finales de la primera semana de agosto. Al conversar con los agentes de Franco  continuó la travesía hasta Cádiz, resuelto a aprovechar su mejor baza, el prestigio que le daba haber fundado la Legión.

Franco pronto llegó a la conclusión de que podía utilizar la retórica encendida de Millán para propagar su causa en la zona nacionalista; por esto, Millán se instaló, junto con Franco y su personal más allegado, en el palacio de Yanduri en Sevilla . Su primera aparición pública importante tuvo lugar en Sevilla el 15 de agosto, al lado de Franco y Queipo de Llano, en una ceremonia en que los rebeldes militares adoptaron la bandera monárquica.

Adondequiera que fuese, cantaba las alabanzas de Franco, como si creyera que cuanto más exagerase tanto más se cubriría de su gloria  . De hecho, la incondicional admiración que manifestaba hacia Franco rayaba en lo servil, si bien no por eso dejaba de insinuar que era él quien había descubierto al nuevo salvador.

Ya desde entonces insistía en el papel vital de Franco, que no era aún sino un miembro más de la Junta de Burgos. Expresaba su absoluta convicción de que la buena estrella que guiaba a Franco en todo constituía la mejor garantía de la victoria final. Con su habitual histrionismo, solía recordar a quienes lo escuchaban la importancia vital de la Legión y acababa siempre sus arengas con un «¡Viva la muerte!»  . Entre los numerosos servicios que prestó a Franco, inventó el lema «Una Patria, Un Estado, Un Caudillo».

Junto con el general Alfredo Kindelán, Nicolás Franco, el general Luis Orgaz y el coronel Juan Yagüe, Millán desempeñó un papel importante en una especie de campaña política cuyo propósito era ascender a Franco a comandante en jefe y luego a la Jefatura del Estado.

Personificó, sobre todo, la resolución de la Legión, con la que estaba irrevocablemente vinculado, de que a Franco lo nombraran jefe único.

Millán cenaba casi siempre en el comedor del Gran Hotel de Salamanca, donde Charles Foltz, un corresponsal norteamericano, presenció algunas escenas extrañas; según él, «cuando le daba la gana, obligaba a todos los allí presentes, incluidos los diplomáticos extranjeros, a ponerse de pie y cantar el himno del legionario, siguiendo el compás con una pistola, que a veces se disparaba». En una ocasión, obligó a todos los presentes, sumamente aturdidos, a que permanecieran de pie con el brazo alzado en el saludo fascista, y a cantar los himnos de la Falange, de los requetés carlistas, de la Legión, el Horst Wessel Lied nazi, el himno fascista Giovinezza y los himnos nacionales alemán, italiano y portugués. Una violencia apenas contenida alimentaba sus excentricidades. Según un observador, «su actitud enfadada y rencorosa eliminaba cualquier compasión que hubiesen podido inspirar sus mutilaciones».

En otra ocasión, en una visita a un hospital, provocó un escándalo: Al recorrer los pabellones acompañado por su escolta de legionarios, preguntaba a cada paciente los detalles de la batalla en que lo habían herido. Cuando ellos se los explicaban, ordenaba a su ayudante: «¡A éste que le den cien pesetas! ¡A éste que le den doscientas pesetas!». Finalmente, llegó junto a un soldado que no pudo darle ningún detalle heroico, pues había caído de un sidecar. Enfurecido, Millán le propinó una brutal paliza.

Poco después de empezar a encargarse de popularizar la imagen de Franco, Millán participó en un incidente que, a ojos del mundo extranjero, caracterizaría al régimen de Franco. Tuvo un encontronazo con el rector de la Universidad de Salamanca, el filósofo y novelista Miguel de Unamuno, de setenta y dos años. El 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la universidad se celebraba el Día de la Raza, aniversario del «descubrimiento» de América por Colón. Millán había llegado escoltado por sus legionarios armados con metralletas, afectación que conservaría a lo largo de toda la guerra. Varios oradores soltaron los consabidos tópicos acerca de la «anti-España». Un indignado Unamuno, que había estado tomando apuntes sin intención de hablar, se puso de pie y pronunció un apasionado discurso. «Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero, no, la nuestra es sólo una guerra incivil […]. Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión […]. Se ha hablado también de catalanes y vascos, llamándolos antiEspaña; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis…». En ese punto, Millán empezó a gritar: «¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?». Su escolta presentó armas y alguien del público gritó: «¡Viva la muerte!». Millán habló: «¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!». Se excitó sobremanera hasta tal punto que no pudo seguir hablando. Resollando, se cuadró mientras se oían gritos de «¡Viva España!». Se produjo un silencio mortal y unas miradas angustiadas se volvieron hacia Unamuno. «Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de “¡Viva la muerte!”. Esto me suena lo mismo que “¡Muera la vida!”. Y yo, que he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. ¡Y otra cosa! El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente hay hoy en día demasiados inválidos. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de sicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu, suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él […]. El general Millán Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada…». Furioso, Millán gritó: «¡Muera la inteligencia!». Unamuno no se amilanó y concluyó: «¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España». Millán se controló lo suficiente como para, señalando a la esposa de Franco, ordenarle: «¡Coja el brazo de la señora!», cosa que Unamuno hizo, evitando así que el incidente acabara en tragedia

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En opinión de Franco, Millán se había comportado como era debido en la confrontación con Unamuno. El que alguien como el general se ganara el respeto del Caudillo dice mucho de la naturaleza de éste y su corte. Franco lo hizo más o menos responsable de la moral de las tropas franquistas, en calidad de lo cual Millán iba a menudo al frente y a los hospitales militares.

Millán estuvo al mando de la propaganda bastante tiempo después de la confrontación con Unamuno. La mayor ambición de Millán se cumplió cuando Franco le permitió crear una estación de radio por la que emitir su propaganda.

Millán, por cierto, admiraba profundamente la Falange, y tras la unificación se proclamó miembro de ella, con lo que daba publicidad al decreto mediante el cual todos los miembros de las Fuerzas Armadas debían incorporarse a la Falange Española Tradicionalista y de las JONS. De africanista a fascista había un solo paso. Como dijera en el discurso en que atacó a Unamuno, para él el fascismo era el remedio de España. El 1 de enero de 1938 proclamó que «no hay más que un camino de salvación: el del despertar de los grandes pueblos en donde se yerguen sus Caudillos, los grandes Caudillos de la hora presente de la vida de la Humanidad: Mussolini, Hitler, Hiro-Hito, Oliveira Salazar, FRANCISCO FRANCO BAHAMONDE »

A finales de 1937 se produjo una vacante que permitió a Franco premiar a Millán. La gran cantidad de mutilados de guerra requería una decisión gubernamental, de modo que se creó la Dirección General de Mutilados, y Millán fue nombrado director general del Benemérito Cuerpo de Mutilados de Guerra por la Patria. Millán nunca dejó de considerarse el jefe espiritual de la Legión, y el hecho de que contara con una escolta de legionarios indicaba que aún se le concedía cierta autoridad en el cuerpo. Llamaba a sus oficinas en Salamanca su «estado mayor» e inspeccionaba las unidades como si en efecto lo fueran.

Después de la guerra civil, la vida de Millán Astray empezó a languidecer de forma inevitable.

La perspectiva de un nuevo imperio africano para España le llenó de alegría. Durante la Segunda Guerra Mundial, siguió el avance de las tropas del Eje con ávido entusiasmo, primero, y amarga desilusión, después. La entusiasta respuesta de Franco a la invasión alemana de la Unión Soviética provocó el rápido reclutamiento de una fuerza voluntaria, la División Azul, que lucharía en el frente del Este. Cuando su primer comandante, el general Agustín Muñoz Grandes, partió hacia Alemania el 14 de julio de 1941, Millán fue a despedirlo al aeródromo de Barajas. La derrota del Eje le causó considerable angustia.

En 1943 Franco premió la lealtad de Millán nombrándolo procurador en Cortes, una lucrativa sinecura. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, a Millán le costó retirarse de la vida pública.

Tras un largo período enfermo del corazón, Millán murió el 1 de enero de 1954, casi olvidado. España estaba a punto de perder su imperio marroquí. La Legión había sido el pilar central de la ideología africanista que, mezclada con el falangismo, se había convertido en la peculiar filosofía detrás de la cruel y violenta guerra de Franco. En la España de los años cincuenta, nada de eso importaba ya mucho.

•Información extraída del libro Las tres Españas del 36 de Paul Preston

 

 

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