Efeméride de la muerte de Negrín

La tenacidad y entereza de un médico en guerra:

El 12 de noviembre de 1956 moría en París Juan Negrín López, el último Presidente del Gobierno de la II República. Murió en el exilio, derrotado y deprimido a los 64 años. Sería enterrado en el  cementerio del Père Lachaise y dejó dispuesto que su muerte se anunciara dos días después, y que sobre su lápida no se escribieran más que sus iniciales: “J.N.L”.

Fue un médico fisiólogo de fama internacional, un hombre culto y políglota y un político comprometido y vocacional. Para el historiador Gabriel Jackson,  fue “el más capacitado de los jefes republicanos socialistas. Sabía de economía pero no se interesó por las teorías marxistas, era Keynesiano”.

Nacido en Gran Canaria en 1892, procedía de una familia acomodada, conservadora y profundamente católica  pero a pesar de ello no dudó en ingresar en el Partido Socialista Obrero Español en 1929, durante la dictadura de Primo de Rivera. Se alineó políticamente con Indalecio Prieto.

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Antes de ingresar en el PSOE y ser diputado durante tres legislaturas, Juan Negrín había sido un brillante científico.  En 1906 su padre le envió a estudiar medicina a Alemania. Comenzó la carrera a los quince años, primero en la Universidad de Kiel (1907) y luego en la de Leipzig (1908), vinculándose a su ya célebre Instituto de Fisiología y a la prestigiosa figura de Ewald Hering. El 21 de agosto de 1912, a los veinte años, obtuvo el grado de Doctor. Por los problemas derivados de la guerra europea, regresa a España en octubre de 1915.

Negrín se encargó   de crear una escuela de Fisiología de renombre mundial. Fue maestro, entre otros, de los más tarde profesores Severo Ochoa (galardonado con el premio Nobel de Fisiología y Medicina), José María García-Valdecasas y Francisco Grande Covián, que pudieron beneficiarse también de la impresionante biblioteca de Fisiología que Negrín se había traído consigo de Alemania y se dedicó a completar.

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Aunque le esperaba una prometedora carrera como investigador, una vida cómoda, eligió otra.

Aunque nunca tendría tiempo de disfrutar de su vocación política. Llegó muy lejos en muy poco tiempo: fue ministro de Hacienda, de Defensa y jefe del Gobierno, pero lo fue al principio, durante y al final de la Guerra Civil, lo que convirtió para siempre al doctor Negrín en el retrato del gran perdedor de la contienda.

Durante la Segunda República no tuvo un papel muy relevante, su ascenso a puestos de verdadera responsabilidad y relevancia llegó cuando fue nombrado ministro de Hacienda en el gobierno de Largo Caballero, el 4 de septiembre de 1936, durante la Guerra Civil.

Uno de los aspectos más laudables en la personalidad y actitud de Negrín fue su firme determinación en acabar con la represión extrajudicial. Llegó a arriesgar su vida en numerosas ocasiones en su afán de salvar a personas cuyas vidas corrían peligro por unas u otras razones.

Ya antes de ser ministro, cuando se produjeron las funestas sacas en la cárcel Modelo, se presentó a toda prisa en un vano intento de impedir un baño de sangre. El doctor Juan Negrín, junto a Prieto y Zugazagoitia, encabezaron los esfuerzos por atajar los desmanes en la retaguardia.

Marcelino Pascua, amigo de Negrín, contó cómo había puesto su vida en peligro al tratar de detener los desórdenes posteriores al golpe militar. Durante el final del verano de 1936, «puso voluntad, corriendo por ello serios riesgos personales, en salvar a gentes en Madrid —y con eficacia— que por diversos motivos, entre los que se incluían venganzas de tipo personal, temblaban por sus vidas, actos de osadía que no nos sorprendían a los amigos por sernos asaz conocido ese trazo de valor individual en la naturaleza de Negrín, del que nunca blasonaba».

Tras ocupar la cartera de Hacienda no cejó en su empeño por acabar con la represión. Sus esfuerzos por erradicar los paseos nocturnos indignaron a las checas anarquistas, e incluso hubo un grupo que fue al Ministerio de Hacienda y amenazó con matarlo. Tras el enfrentamiento subsiguiente, la intervención del personal de seguridad del ministerio impidió males mayores.

Su amigo Mariano Ansó  cuenta cómo en Valencia salía desarmado de casa por la noche para encararse con quienes llevaban a cabo los paseos. En una ocasión abordó a unos milicianos armados que habían detenido a un hombre y tenían la clara intención de matarlo por fascista. Corriendo un riesgo considerable y con la sola fuerza de su personalidad, Negrín los obligó a liberarlo. En términos generales, sin embargo, a partir de enero de 1937 la violencia tras las líneas republicanas dejó de ser tan descontrolada y espoleada por el odio como durante las primeras semanas de la guerra. Desde entonces, se trató sobre todo de la reconstrucción del propio estado republicano y, por supuesto, de su defensa.

En consecuencia, los esfuerzos tomaron principalmente dos caminos, que en ocasiones convergían. Por una parte, los servicios de seguridad se centraron en combatir al enemigo interior (saboteadores, francotiradores y espías de la Quinta Columna). Por otra parte, surgieron duras discrepancias sobre la naturaleza del esfuerzo bélico. Los comunistas, así como muchos de los socialistas y republicanos, percibían a los miembros de la izquierda libertaria y antiestalinista como elementos subversivos que se oponían a la creación de un estado fuerte, capaz de llevar a cabo una campaña bélica centralizada. Una parte sustancial de la izquierda anarquista estaba más preocupada por sus objetivos revolucionarios, mientras que solo una minoría significativa se dedicaba a actividades delictivas.

El presidente republicano Manuel Azaña y líderes socialistas moderados como Indalecio Prieto, ministro de la Armada y las Fuerzas Aéreas, y Juan Negrín, ministro de Hacienda, estaban convencidos de que un aparato de Estado convencional con un control centralizado de la economía y los instrumentos institucionales de movilización de masas eran esenciales para una campaña militar eficaz. Los comunistas y los asesores soviéticos coincidían: tenía sentido y esperaban que poner freno a las actividades revolucionarias de los trotskistas y los anarquistas tranquilizara a las democracias burguesas a las que la Unión Soviética estaba cortejando.

El 14 de mayo tuvo lugar un turbulento Consejo de Ministros convocado por los ministros comunistas que, con el acuerdo previo de socialistas y republicanos, exigieron un cambio de estrategia militar y la ilegalización del POUM. Cuando el jefe de Gobierno se negó, renuente a castigar al POUM mientras la FAI y los Amigos de Durruti quedaban impunes, abandonaron el consejo en bloque. Largo Caballero trató de seguir adelante sin ellos, y su sorpresa fue mayúscula cuando el resto de los ministros se negaron. Tuvo que dimitir, y el gobierno le fue ofrecido a Juan Negrín; esto marcó la victoria de las fuerzas políticas contrarias a las facciones revolucionarias. De ahí en adelante, los avances revolucionarios que marcaron las etapas iniciales de la guerra serían desmantelados uno tras otro, dejando que la contienda siguiera la dirección que dictaban los republicanos y los socialistas moderados que habían ocupado los ministerios clave del gobierno. Entre septiembre de 1936 y mayo de 1937, como ministro de Hacienda, Negrín había hecho todo lo posible por mantener la República a flote. Durante ese período, se esforzó por garantizar que los recursos nacionales se pusieran al servicio de la campaña bélica, ya fuera con el envío de las reservas de oro al extranjero para proteger su disponibilidad para la compra de armamento, ya fuera reforzando el Cuerpo de Carabineros a fin de restablecer el control del estado sobre el comercio exterior e impedir las actividades de los muchos puestos fronterizos ilegales de la CNT en la frontera catalano-francesa.

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El episodio del envío del oro a Moscú ha sido mitificado por la propaganda franquista, se ha dicho desde que era un obsequio de Negrín para complacer a la URSS, hasta  un robo o estafa al Estado Español para enriquecer a los comunistas. Una sarta de falacias a cuál más disparatada.

El envío del oro de la República a Moscú no fue un capricho de Negrín para complacer a los rusos sino una decisión del Consejo de Ministros del 6 de octubre de 1936.

Los rusos fueron, en aquel momento, los únicos dispuestos a ayudar, los únicos que cumplieron con el Derecho internacional y permitieron al legítimo gobierno de la República adquirir armas para defenderse de una rebelión auxiliada por potencias internacionales fascistas. Negrín envió a su hombre de confianza, el prestigioso médico Rafael Méndez, a comprar armas a EE UU, sin éxito, pidió ayuda a Inglaterra y tampoco se la dieron.  Sólo Francia prestó un poco de ayuda al principio.

Pero, aparte de la ayuda prestada por la URSS en armamento y logística, no podemos olvidar bajo ningún concepto la inestimable y solidaria ayuda de unas valientes brigadas internacionales que sacrificaron sus vidas por la libertad del pueblo español y que salieron de sus hogares hacia un país extranjero para  luchar contra el fascismo. Ni, por supuesto, desdeñar o ignorar el ejemplar apoyo de México y su presidente, Lázaro Cárdenas, con una defensa inflexible de la legalidad y legitimidad del gobierno republicano, vendiéndole el poco armamento que podían, defendiendo la República española internacionalmente y acogiendo a decenas de  miles de españoles que huían del fascismo y la represión y que se exiliaron en su país.

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México estaba dispuesto a aceptar el oro de la República pero estaba muy lejos y era peligroso. Rusia era la única opción. Hacían falta armas y comida. Se gastó todo. De hecho, el último envío de ayuda de Rusia es ya un préstamo. No fue a cambio de oro.

La República española no solo se enfrentaba a Franco y a sus ejércitos, sino, cada vez más, al poder militar y económico de Hitler y Mussolini. Despreciado por Francia y Gran Bretaña, Giral, el presidente del Gobierno republicano, recurrió a Moscú. La reacción inicial de la Unión Soviética fue de profundo bochorno. El Kremlin no quería que lo que estaba aconteciendo en España menoscabara sus planes tan delicadamente preparados de alianza con Francia. Sin embargo, a mediados de agosto, la ayuda de Hitler y Mussolini a los rebeldes entrañaba el riesgo de un desastre aún mayor si caía la República española. Ello alteraría gravemente el equilibrio de poderes europeo y dejaría a Francia con tres naciones fascistas hostiles en sus fronteras. A la postre, la reacia decisión que tomó Stalin de prestar ayuda a España se basó en una razón de Estado.

Ahora, como presidente, Negrín depositaba su fe en el coronel Vicente Rojo, un brillante estratega que intentó frenar el inexorable avance rebelde con una serie de maniobras ofensivas de despiste.

En el nuevo gobierno nombrado a mediados de mayo de 1937, Negrín eligió a Julián Zugazagoitia ministro de la Gobernación, por su firme compromiso con el restablecimiento de la ley y el orden. Unido a su elección de otro vasco para el Ministerio de Justicia, Manuel de Irujo, se aseguraba de que no hubiera en España juicios moscovitas, a pesar del empeño de los soviéticos por destruir al POUM.

En consonancia con este planteamiento, la justicia revolucionaria quedó paulatinamente relegada por la justicia burguesa convencional. Los tribunales populares operaban ahora bajo la supervisión de jueces cualificados.

En cuanto al secuestro y asesinato de Andreu Nin (fundador del POUM) no cabe duda de que partió de los rusos. Negrín se empeñó en dilucidar la verdad del caso, incluso autorizó a Irujo la creación de un juzgado especial que lo investigara.

En marzo de 1938, la República se hallaba contra las cuerdas, desmoralizada y acuciada por la grave escasez de alimentos y armas. De hecho, tan funestos eran los pronósticos que el amigo y aliado de Negrín, el ministro de Defensa Nacional Indalecio Prieto, había acabado por creer, al igual que el presidente Azaña, que todo estaba perdido. Era partidario de una paz negociada que impidiese la pérdida absurda de más vidas. En tensas reuniones del Consejo de Ministros celebradas el 16 y el 29 de marzo de 1938, Prieto había apoyado a Azaña en su propuesta de pedir al gobierno francés que negociara el fin de la guerra. Negrín se había mantenido fiel a su convicción de que la guerra debía seguir adelante, precisamente porque sabía lo que le sucedería a la República derrotada a manos de los vengativos franquistas. Negrín comprobó consternado el impacto desmoralizador que tuvieron las palabras de Prieto y, decidido a que la República continuara resistiendo, cesó a Prieto del Ministerio de la Guerra el 5 de abril. Diez días después, el ejército franquista llegó al Mediterráneo.

Prieto atribuyó el empecinamiento de Negrín en resistir a toda costa los ataques de un ejército abismalmente superior a una mano negra que le manejaba desde la URSS, y dedicó los años que siguieron a extender esa tesis hasta provocar la expulsión de Negrín del partido socialista en 1946. El Partido Socialista Obrero Español le devolvió, a título póstumo y 63 años después de su expulsión, el carné de socialista, que fue recogido por su nieta Carmen Negrín, el 24 de octubre de 2009. La rehabilitación había tenido lugar en el 37º Congreso Federal del PSOE celebrado el 5 de julio de 2008. El ex vicepresidente Alfonso Guerra lo definió como “un acto de reparación de una injusticia”. “El PSOE se equivocó”.

Mientras se luchaba en el Ebro, los acontecimientos internacionales volvieron a desempeñar un papel importante. Durante un tiempo, Negrín había depositado sus esperanzas en una escalada de tensión en Europa que alertara a las democracias occidentales de los peligros que entrañaba el Eje. El estallido de una guerra en toda Europa, pensaba, llevaría a la República a un alineamiento con Francia, Gran Bretaña y Rusia contra Alemania e Italia. Esas esperanzas se desvanecieron cuando la República prácticamente fue condenada a muerte por la reacción británica a la crisis checoslovaca. La política exterior británica se había posicionado hacía mucho tiempo a favor de una victoria franquista. En lugar de arriesgarse a una guerra con Hitler, Chamberlain a todos los efectos entregó Checoslovaquia a los nazis con los Acuerdos de Munich del 29 de septiembre de 1938. Fue un golpe devastador para la República española, que desde julio había entablado su última gran batalla en el Ebro.

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Munich erosionó la ya menguante fe de la población civil y la plana mayor del ejército en la posibilidad de la victoria. Dicha capitulación daría todavía más carta blanca a Italia y Alemania para ayudar a Franco. La gran superioridad logística en materia de cobertura aérea, artillería y efectivos concedió a Franco una victoria decisiva. En cierto sentido, la operación del Ebro, aun siendo un triunfo táctico, supuso un desastre estratégico para la República, ya que consumió cantidades ingentes de material y allanó el terreno para la conquista rebelde de Cataluña.

A la luz de los Acuerdos de Munich y la consiguiente conclusión moscovita de que Rusia había sido traicionada por las democracias, una preocupación por la seguridad llevó a Stalin a realizar tímidas propuestas de alianza a la Alemania nazi. La ayuda de Rusia, ya limitada porque libraba una guerra en China contra Japón, tenía graves problemas en Europa oriental y se topaba con obstáculos en el transporte a España, disminuyó en los últimos seis meses de la Guerra Civil, al tiempo que Alemania e Italia incrementaban significativamente su cooperación con Franco.

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La consecuencia fue la siguiente, en palabras de Herbert Matthews: El último año de combate fue un milagro de valentía obstinada y desesperada, posibilitado únicamente por la tenacidad y el espíritu indomable de Negrín. Sin embargo, esa asombrosa muestra de liderazgo fue el momento de la carrera del doctor Negrín más duramente criticado por los españoles. La lucha era inútil, aseguraban sus detractores, y toda aquella destrucción «innecesaria», todas aquellas vidas perdidas, todo aquel odio intensificado entre españoles, podrían haberse evitado. Es cierto, por otro lado, que los fieles al régimen podrían haber resistido más tiempo de no haber sido por la traición, y que la Segunda Guerra Mundial podría haber salvado a España… Los objetivos de Don Juan eran consistentes, patrióticos y honorables. Presentó batalla hasta el final, primero para salvar la Segunda República y —cuando esto resultó imposible— para conseguir las mejores condiciones para aquellos que habían mostrado lealtad. En el proceso, tuvo que recurrir sobremanera a la Rusia estalinista y, luego, a los comunistas españoles de forma casi exclusiva.

Mientras Negrín intentaba mantener desesperadamente un esfuerzo bélico con la esperanza, no de la victoria, sino de un acuerdo de paz honorable, Casado comenzó a preparar su plan en colaboración con las redes de espionaje franquistas y la Quinta Columna de Madrid, sin lo cual le habría resultado mucho más difícil unificar los diversos elementos de su golpe. El distinguido intelectual socialista Julián Besteiro, catedrático de Lógica de la Universidad de Madrid, le apoyó en sus acciones. Ambos hombres, junto con líderes anarquistas desilusionados como Cipriano Mera y el dirigente de la UGT Wenceslao Carrillo, formaron contra Negrín el Consejo Nacional de Defensa, presidido por el general José Miaja. La empresa nació con la esperanza de que los contactos de Casado con el servicio secreto franquista y los lazos de Besteiro con la Quinta Columna de Madrid facilitaran la negociación con Franco en Burgos. Es posible que también creyeran que, al inspirar un levantamiento militar «para salvar a España del comunismo», se ganarían la aprobación de Franco.

La hostilidad más visceral hacia el Gobierno republicano emanaba del movimiento anarquista. Ello obedecía en parte al amargo resentimiento de muchos anarquistas por el hecho de que el deseo libertario de una guerra revolucionaria hubiera sido aplastado en la primera mitad de 1937 para apostar por un esfuerzo bélico centralizado más realista. Sin embargo, los anarquistas también habían recibido un trato extremadamente duro por parte de los servicios de seguridad, dominados por los comunistas, debido a la facilidad con que la Quinta Columna podía infiltrarse en la CNT-FAI.

El ardiente odio de los anarquistas hacia los comunistas y Negrín era compartido por Wenceslao Carrillo y otros socialistas partidarios de Largo Caballero, empeñados en vengar la caída de su héroe en mayo de 1937.

Fuera consciente de ello o no, Casado estaba a punto de sacrificar miles de vidas civiles. Aunque se creyera las promesas de inmunidad para los soldados profesionales hechas por Franco, toda su gestión del conflicto, sus recientes declaraciones y la publicación de la Ley de Responsabilidades Civiles deberían haber demostrado a Casado que la rendición que contemplaba tendría consecuencias sangrientas. Franco había desechado varias oportunidades de terminar rápidamente el conflicto y, por el contrario, prefirió una guerra lenta de desgaste destinada a aniquilar el apoyo masivo de la República. Como dejaban claro sus declaraciones a United Press a principios de noviembre de 1938, Franco rechazaba cualquier posibilidad de amnistía para los republicanos: estaba comprometido con una política de venganza institucionalizada. En cambio, Negrín se sentía torturado desde hacía mucho tiempo por un sentido de la responsabilidad con la población republicana.

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Es difícil saber hasta qué punto conocía Besteiro las consecuencias de lo que estaba haciendo, esto es, convertir el derramamiento de sangre y los sacrificios de los tres años anteriores en algo inútil al emular el golpe del 18 de julio de 1936 contra un presunto peligro comunista. Es posible que las privaciones físicas y su tuberculosis afectaran de algún modo a su salud mental.

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Besteiro consideraba que su rectitud moral superior y su marginación durante la guerra tendrían peso entre los franquistas. Era una opinión motivada por la arrogancia y la ignorancia. La venganza ejecutada por los nacionalistas en las ciudades republicanas conquistadas era de sobra conocida.

La capital catalana sufrió ataques aéreos continuados el 21, 22 y 23 de enero. La retirada militar, a la que se habían incorporado 450 000 civiles, prosiguió hasta la frontera francesa y los insalubres campos de internamiento de las ventosas playas meridionales del país. De todas las autoridades republicanas que huyeron ante el avance franquista, solamente Negrín, sus ministros y los comunistas tuvieron el valor de regresar al territorio republicano. Allí también, desde la frontera occidental, situada en Badajoz, hasta la costa mediterránea a la altura de Valencia y Murcia, se apreciaba una intensa desmoralización, escasez de necesidades básicas y armamento y el temor a lo que se consideraba una derrota inevitable. La pérdida de Cataluña y el consiguiente aislamiento de la zona central provocaron un miedo generalizado. Esto se reflejaba en las amargas divisiones entre los comunistas y otros partidos y en el seno del Partido Socialista.

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Puesto que Franco exigía una rendición total, Negrín sabía que, a lo sumo, una paz mediada podría garantizar la huida de varios centenares, o tal vez miles, de figuras políticas, pero que el ejército y la gran mayoría de los republicanos de a pie quedarían a merced de los franquistas, que serían despiadados. Sabedor de que Franco no se plantearía un armisticio, Negrín se negó a contemplar la rendición incondicional. El 7 de agosto había dicho a su amigo Juan-Simeón Vidarte: «Yo no entrego indefensos a centenares de españoles, que se están batiendo heroicamente por la República, para que Franco se dé el placer de fusilarlos como ha hecho en su tierra, en Andalucía, en las Vascongadas, en cuantos pueblos ha puesto su pezuña el caballo de Atila».

Negrín insistió a los diplomáticos británico y francés que accedería a un cese de las hostilidades si Franco realizaba la triple declaración de que España sería independiente, de que el pueblo español sería libre de elegir su forma de gobierno y de que no habría represalias. A este tercer punto añadió que quería que los líderes políticos y militares republicanos en situación de riesgo pudieran ser evacuados de la zona centro-sur bajo supervisión internacional. Se acordó que el mensaje fuera remitido a Londres y París

Sintetizando la respuesta de británicos y franceses, Negrín afirmaría más tarde que respondieron que «era imposible llegar a un acuerdo satisfactorio con el llamado Gobierno de Burgos, pues los gobiernos totalitarios no entienden de sentimientos humanitarios ni quieren saber de pacificación, ni de magnanimidad; pero, por otra parte, los rebeldes aseguraban que solo castigarían los delitos comunes». Ante ello, la comprensible reacción de Negrín fue esta: «En una guerra como la nuestra, con los caracteres de una despiadada y salvaje guerra civil, delito común es todo o delito común no es nada». Por ello, Negrín se ofreció como víctima expiatoria e hizo saber a través de los representantes británico y francés que se entregaría si Franco aceptaba su ejecución simbólica a cambio de la vida de las masas de civiles republicanos inocentes. No reveló esta oferta a la mayoría de su Gabinete. Zugazagoitia era partícipe de ella, pero Negrín no la hizo pública hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

La oferta de Negrín de entregarse como chivo expiatorio fue ignorada por Franco. El Gobierno continuó en el castillo de Figueras hasta que las últimas unidades del ejército republicano hubieron cruzado la frontera el 9 de febrero.

Casado se opuso a Negrín lanzando la falacia de que la resistencia era una simple tapadera para la instauración de una dictadura comunista. Obviamente, esta idea ya era axiomática para los franquistas, pero también atraía a los anarquistas y socialistas, resentidos por la arrogancia y la dureza de las políticas comunistas durante la guerra. Suponiendo, como hacían Casado y los anarquistas, que el PCE fuera una marioneta del Kremlin, una dictadura comunista en España habría tenido poco sentido, ya que era totalmente contraria a las necesidades de la política exterior de la URSS en 1938 y 1939. Al principio, la prioridad soviética era la seguridad colectiva a través de una alianza con Francia y Gran Bretaña contra la Alemania nazi. Después de los Acuerdos de Munich y de camino al pacto Molotov-Ribbentrop de agosto de 1939, la URSS no estaba dispuesta a enemistarse con Hitler.

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Muchos de los políticos, altos mandos militares y funcionarios que habían cruzado la frontera francesa a principios de febrero daban por sentado que el Gobierno no regresaría a España. Incluso algunos ministros tenían sus dudas.

Por supuesto, Negrín no hizo tal cosa, sino que regresó con la esperanza de poder negociar un acuerdo razonable. Volvió totalmente agotado y mermado emocional y físicamente. Desde que ocupara la presidencia casi dos años antes, el estrés había aumentado de manera exponencial. Además de cumplir sus deberes básicos como presidente del Consejo de Ministros, había seguido trabajando con ahínco para aprovechar lo que había conseguido como ministro de Hacienda a fin de garantizar la supervivencia económica de la República. Desde abril de 1938 también había asumido el papel de ministro de Defensa con una implicación sumamente activa. En todo momento había realizado un notable esfuerzo diplomático en una estéril búsqueda de mediación internacional para poner fin a la guerra sin represalias por parte de los franquistas.

El día después de la segunda reunión del Gabinete, celebrada en Madrid el 12 de febrero, Negrín protagonizó una profética retransmisión en la que alentaba a la población a seguir luchando: O todos nos salvamos o todos nos hundimos en la exterminación y el oprobrio … Solo si todos y cada uno de vosotros, ejército, hombres, mujeres, organizaciones sindicales, partidos, prensa, todos, os confundís en un común esfuerzo y dais de sí cuanto podáis dar, le será posible al Gobierno dirigir la resistencia hasta lograr los fines por los que viene luchando el pueblo español, y que no son otros que el asegurar la independencia de España y el evitar que nuestro país se sumerja en un mar de sangre, de odio y de persecuciones que hagan imposible por muchas generaciones una patria española unida por algo más que la dominación extranjera, la violencia y el terror.

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La resistencia en la zona centro-sur no consistía en luchar hasta la muerte, sino en crear las condiciones necesarias para una retirada controlada, manteniendo el dominio republicano de las instalaciones aéreas, de las carreteras de la costa sudeste y de puertos mediterráneos clave desde los cuales pudiera efectuarse la evacuación masiva de los republicanos en mayor situación de riesgo.

Pese a los notables recursos que todavía poseía la República, las esperanzas de Negrín eran a lo sumo endebles, ya que, cuando las últimas fuerzas republicanas cruzaron la frontera con Francia, Londres ya había decidido reconocer a Franco.

El Ejecutivo de Neville Chamberlain estaba ansioso por la llegada del final de la guerra en España lo antes posible, ya que su continuación ponía en peligro su política de apaciguamiento. Creyendo que mientras la guerra continuara, Franco seguiría endeudado con Alemania e Italia, Chamberlain y su Gabinete esperaban que, una vez que cesaran las hostilidades, el Caudillo se vería obligado a recurrir a Gran Bretaña y Francia para solicitar el capital necesario a fin de reconstruir la devastada economía española.

Ya fuera por arrogancia o por desconocimiento, Casado, Besteiro y los demás rebeldes abrigaban esperanzas muy poco realistas sobre lo que significaría terminar pronto con la guerra. Por el contrario, Negrín era plenamente consciente de las consecuencias de una derrota catastrófica. Había visto con sus propios ojos los horrores padecidos por los republicanos vencidos en Francia, donde habían sufrido humillaciones y estrecheces, pero al menos no el odio que cabía esperar de los franquistas en forma de juicios, torturas, encarcelamientos y ejecuciones.

La conjura de necios que constituyó el golpe encabezado por Segismundo Casado se inició el 5 de marzo de 1939.Puesto que Negrín y sus ministros se encontraban camino de Francia y la cúpula comunista había tomado un vuelo rumbo a Argelia, la oposición a la que hizo frente la Junta de Casado fue un tanto sorprendente.

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Los líderes comunistas y las bases de Madrid, que siempre habían gozado de cierto grado de autonomía con respecto al resto del partido, no estaban dispuestos a tirar por la borda dos años y medio de lucha contra Franco. Un motivo aún más poderoso era el hecho de que los comunistas de la capital sospechaban justificadamente que la intención de Casado era utilizarlos como pago a Franco por las concesiones que creía que iba a recibir.

La acción de Casado fue recompensada por Franco con un alto el fuego de facto. Merecía la pena esperar el golpe de Casado, ya que ahorraría el coste de una ofensiva final contra la zona centro-sur. El golpe de Casado solo se topó con una resistencia armada importante, al menos los primeros días, en Madrid.

Durante varios días se libraron cruentas batallas en la capital. Para deleite de Franco, las tropas de Cipriano Mera fueron retiradas del frente de Guadalajara para luchar contra los comunistas.

El apoyo del IV Cuerpo del Ejército comandado por Cipriano Mera, con sus cuatro divisiones (XII, XIV, XVII, XXXIII), fue crucial para el éxito de Casado.

Sin embargo, en muchos lugares fuera de la capital cundía la sensación, incluso entre las unidades comunistas, de que la guerra estaba perdida y de que, aunque fuera posible derrotar a la Junta, sería imposible vencer a Franco.

Los comunistas no tenían ningún interés por derrocar a la Junta y hacerse con el poder. Puesto que el golpe de Casado había dado al traste con cualquier posibilidad de resistencia seria, esa estrategia simplemente endosaría al PCE la responsabilidad de una derrota inevitable.

Los hallados culpables de rebelión militar por la Junta todavía estaban en la cárcel cuando Madrid cayó en manos franquistas. La mayoría fueron fusilados.

Al parecer, Casado pensaba que podría negociar con Franco de tú a tú, pero, a consecuencia de los combates, la República estaba todavía más débil que antes. El golpe y la eliminación de los comunistas habían descartado la baza más poderosa que le quedaba a la República de cara a una negociación: la amenaza de una resistencia numantina desesperada. Negrín había percibido el valor de esa amenaza; Casado, no. De hecho, al derrotar a los comunistas, este último había dado a Franco otro motivo para no precisar negociación alguna.

Franco rechazó de plano la propuesta de paz de Casado y exigió una rendición inmediata, total y sin condiciones.

Besteiro fue uno de los pocos miembros de la Junta, integrada por veintiocho personas, que se quedaron en Madrid. Besteiro sería la figura política republicana más destacada que decidió permanecer junto a sus conciudadanos en lugar de escapar. Era un suicidio quedarse, pero lo hizo por orgullo.

Besteiro, que el 8 de julio de 1939 tenía casi sesenta y nueve años, fue sometido a un consejo de guerra por «el delito de adhesión a la rebelión militar». A sus setenta años, y con una salud cada vez más deteriorada por las duras condiciones de la prisión, acabaría muriendo el 27 de septiembre de 1940.

Es difícil no llegar a la conclusión de que los franquistas, que no pudieron juzgar a Azaña, Negrín, Largo Caballero y las otras grandes figuras de la República, descargaron todo su odio en el proceso contra Besteiro.

La última semana de marzo, la futilidad de los planes de Casado y Besteiro quedó brutalmente de manifiesto. Soldados de todo rango estaban rindiéndose o yéndose a casa, aunque algunos se echaron al monte, donde mantuvieron la resistencia guerrillera hasta 1951.

Fue cayendo una ciudad tras otra. El 31 de marzo, toda España estaba en manos franquistas. La oferta de paz realizada por Negrín a Franco contemplaba que, a cambio del compromiso de no tomar represalias y permitir la evacuación del personal civil y militar que corría riesgo de persecución, podría disfrutar de una victoria final incruenta. Con la complicidad de Casado, Franco pudo satisfacer su objetivo fundamental, esto es, tomar represalias contra el mayor número posible de republicanos.

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Cipriano Mera había hecho la vana promesa de que si el Consejo Nacional de Defensa (organismo que asumió el papel de gobierno provisional en lo que quedaba de la República Española)  no aseguraba una paz honorable, sus hombres seguirían luchando, pero fue uno de los huidos.

Traicionados por el golpe de Casado, decenas de miles de hombres, mujeres y niños republicanos huyeron de Madrid el 28 de marzo de 1939 perseguidos por falangistas. Se dirigieron a Valencia y Alicante. Les habían prometido que habría barcos para llevarlos al exilio. En realidad, no cabía esa posibilidad.

En Alicante, los refugiados esperaron en vano tres días y medio sin comida ni agua. Algunos niños morían de inanición. El Gobierno mexicano se ofreció a acoger a todos los refugiados, pero Franco se negó, declarando que todos eran prisioneros de guerra y que debían afrontar las consecuencias. El viernes 31 de marzo, la ciudad estaba ocupada por fuerzas italianas.

Las familias fueron separadas violentamente, y quienes protestaban eran golpeados o fusilados. Las mujeres y los niños fueron conducidos a Alicante, donde permanecieron un mes hacinados en un cine sin apenas comida y sin instalaciones para lavar o cambiar a sus bebés. Los hombres —entre ellos niños de doce años en adelante— fueron trasladados a la plaza de toros de Alicante o al Campo de los Almendros, un lugar situado a las afueras de la ciudad. Durante seis días, 45 000 personas permanecieron allí retenidas sin apenas comida ni agua, durmiendo sobre el barro a la intemperie, expuestas al viento y la lluvia. En el momento en que se desvanecieron las últimas esperanzas de evacuación en un barco británico o francés, el número de suicidios fue en aumento. Cuando los prisioneros fueron obligados a desfilar por delante de los cadáveres, uno de ellos dijo: «Pronto envidiaremos a los muertos».

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Lo único que impidió fugas masivas fue que estaban rodeados de ametralladoras.

El propio Franco había dejado claro que su esfuerzo bélico era deliberadamente lento para permitir la purga del territorio republicano. A medida que iban cayendo regiones en sus manos, se producía una salvaje represión. Esa realidad, junto con numerosas declaraciones de Franco y su Ley de Responsabilidades, dejaba meridianamente claro que el objetivo era erradicar para siempre los ideales y esperanzas estimulados por la República. Las acciones de Casado y el Consejo Nacional de Defensa ayudaron a Franco a cumplir esa ambición. Tal como escribió el socialista valenciano Eduardo Buil: La República fue… entregada a Franco. En España quedaron el 95 por 100 de nuestros mejores hombres, hombres de sustitución imposible que nos hacían falta para el futuro. Muchos han sido fusilados atribuyéndoles delitos monstruosos que no han cometido. Otros gimen en las cárceles o en los campos de concentración, sujetos al trato más inhumano. El juicio de la Historia será severo con los culpables del desastre final, que hubiera podido evitarse. Y que se tenía el deber histórico de evitar a toda costa.

En la intervención del 31 de marzo de 1939 ante la Diputación Permanente de las Cortes en París, Negrín comentó el golpe de Casado con detalle. Finalmente, demostró que sus esperanzas de resistir para salvar a más republicanos se habían visto tan frustradas por el golpe del coronel Casado como por el propio Franco. Más triste que enojado, declaró:    Desgraciadamente lo que ha sucedido es una lamentable prueba de que la política del Gobierno era la única que se podía seguir. Quien se entrega a la merced de un enemigo sin compasión ni espíritu de clemencia, ya se sabe siempre que está perdido, y nosotros no estábamos obligados a entregarnos. Aún podíamos resistir y aguantar y esa era nuestra obligación. Era obligación y necesidad el quedarse allí para salvar a los que ahora van a pasar a campos de concentración o van a ser asesinados.

Gracias a Casado, el final de la República sucedió «en los términos de catástrofe y de vergüenza en que se ha producido».

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Juan Simeón Vidarte escribía sobre el final de la guerra: «La historia trágica de la rendición de Madrid enseñó al mundo que Negrín y la ejecutiva del partido teníamos razón: no existía, desgraciadamente, otra política que la de resistir».

Cuando el buque Sinaia llegó al puerto mexicano de Veracruz cargado de exiliados, en un costado del barco se veía una enorme pancarta que rezaba: «Negrín tenía razón».

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  • Fuentes principales utilizadas:

El final de la guerra, de Paul Preston

El holocausto español, de Paul Preston

  • Fuentes secundarias utilizadas:

https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Negr%C3%ADn

http://elpais.com/diario/2008/11/16/domingo/1226811153_850215.html

http://www.biografiasyvidas.com/biografia/n/negrin.htm

 

Autor: Jorge Noguera Vicente

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