¿Por qué España?

CONTESTACIÓN DE ALBERT CAMUS A GABRIEL MARCEL

No contestaré aquí más que a dos pasajes del artículo que usted ha dedicado a El estado de sitio en las Nouvelles Littéraires. Pero en ningún caso quiero responder a las críticas que usted u otros han podido hacer a esta obra como pieza de teatro. Cuando uno se decide a presentar una obra de teatro, a publicar un libro, se pone uno en el caso de ser criticado y se acepta la censura de su tiempo. Por más que haya algo que decir, necesita uno callarse.

Sin embargo, usted ha rebasado sus privilegios de crítico al asombrarse de que una obra sobre la tiranía totalitaria fuese situada en España, mientras que usted le hubiese parecido mejor situada en los países del este de Europa. Y me da usted definitivamente la palabra al decir que eso constituye una falta de valor y de honradez. Verdad es que es usted lo suficientemente buena persona para pensar que yo no soy el responsable de esta elección (traduzcamos: es el malo de Barrault, que ya tiene sobre sí tan negros “crímenes”). Lo malo es que la obra transcurre en España porque he sido yo quien ha elegido, y he elegido solo, después de reflexionar, y allí he decidido yo que se desarrolle. Así, pues, soy yo quien tiene que encajar sus acusaciones de oportunismo y de falta de honradez. En estas condiciones, no le asombrará que me sienta forzado a contestarle.

Por otra parte, es probable que ni siquiera me defendiera contra estas acusaciones (¿y ante quién puede hoy justificarse uno?) si no hubiese tocado usted un tema tan grave como el de España. Pues verdaderamente no tengo necesidad alguna de decir que no he buscado el halago de nadie al escribir El estado de sitio. Yo he querido atacar de frente un tipo de sociedad política que se ha organizado, o que se organiza, a derecha y a izquierda, según el modo totalitario. Ningún espectador de buena fe puede dudar que esta obra toma partido por el individuo, por la carne en lo que de noble tiene, por el amor terrestre en fin, contra las abstracciones y los terrores del Estado totalitario, sea ruso, alemán o español. Graves doctores reflexionan todos los días sobre la decadencia de nuestra sociedad, buscando sus profundas razones.  Sin duda que estas razones existen. Pero para los más sencillos de entre nosotros, el mal de la época se define por sus efectos, no por sus causas. Se llama el Estado policiaco o burocrático. Su proliferación en todos los países bajo los más diversos pretextos ideológicos, la insultante seguridad que le dan los medios mecánicos y psicológicos de la represión, forman un peligro mortal para lo que hay de mejor en cada uno de nosotros. Desde este punto de vista, la sociedad política contemporánea, cualquiera que sea su contenido, es despreciable. Nada distinto a esto he dicho, y por esos es por lo que El estado de sitio es un acto de ruptura que no quiere callar nada.

Dicho claramente lo anterior, ¿por qué España? Yo le confieso que, si usted, me daría vergüenza hacer la pregunta. ¿Por qué Guernica, Gabriel Marcel? ¿Por qué esta cita en que, por primera vez, ante la faz de un mundo todavía dormido en su confort y en su miserable moral, Hitler, Mussolini y Franco han demostrado a los niños lo que era la técnica totalitaria? Sí, ¿por qué esta cita que nos concierne? Por  primera vez los hombres de mi edad se encontraban con la injusticia triunfante en la historia. La sangre inocente corría entonces en medio de una charlataneo farisaico, el que, precisamente, dura todavía. ¿Por qué España? Pues porque todavía quedamos algunos que no nos lavaremos las manos de esa sangre. Cualesquiera que sean las razones de un anticomunismo. Y yo las conozco buenas, no se hará aceptar por nosotros si se abandona a sí mismo hasta llegar a olvidar esta injusticia, que se perpetúa con la complicidad de nuestros gobernantes. Yo he dicho tan alto como me ha sido posible todo lo que pensaba de los campos rusos de concentración.  Pero no es eso lo que me hará olvidar Dachau, Buchenwald y la agonía sin nombre de millones de seres, ni la horrible represión que ha diezmado la República española. Sí; a pesar de la conmiseración de nuestros políticos, es todo lo que hay que denunciar conjuntamente. Y yo no  excusaré esta asquerosa peste al oeste de Europa porque se esté ejercitando sus devastaciones también en el Este, en extensiones mayores. Escribe usted que para los que están bien informados no es de España de donde les vienen en este momento las noticias propias para desesperar a los que tienen el gusto de la dignidad humana. Está usted mal informado, Gabriel Marcel. Ayer mismo cinco políticos de la oposición han sido condenados a muerte. Pero usted, cultivando el olvido, se prepara para estar mal informado. Usted ha olvidado que las primeras armas de la guerra totalitaria han sido empapadas con sangre española. Ha olvidado usted que en 1936 un general rebelde ha levantado, en nombre de Cristo, un ejército de moros, para lanzarlos contra el Gobierno legal de la República española; que ha hecho triunfar una causa injusta después de matanzas que no tienen explicación posible, y que entonces ha empezado una represión atroz que ya dura diez años y que no ha terminado todavía. Sí, verdaderamente, ¿por qué España? Porque, con otros muchos, usted ha perdido la memoria.

Y también porque con un pequeño número de franceses me sucede que no estoy contento todavía ni orgulloso de mi país. Que yo sepa, Francia no ha entregado a los oposicionistas soviéticos al Gobierno ruso. Aquí viven en libertad. Claro que sin duda también llegará eso; nuestras minorías están dispuestas a todo. Pero por el contraria para con España hemos hecho bien las cosas. En virtud de la cláusula más deshonrosa del armisticio, hemos entregado a Franco, por orden de Hitler, a republicanos españoles, y entre ellos, al gran Lluis Companys. Y Companys ha sido fusilado, en medio de este horroroso tráfico. Era Vichy, por supuesto; no éramos nosotros. Nosotros únicamente habíamos metido en un campo de concentración al poeta Antonio Machado en 1938, de donde no salió más que a morir. Pero ese día en que el Estado francés se hacía reclutador de los verdugos totalitarios, ¿quién levantó la voz? Nadie. Es sin duda, Gabriel Marcel, que los que hubieran podido protestar encontraban, como usted, que todo eso era poca cosa junto a los que se detestaba más en el régimen ruso. Aquí no ha pasado nada: ¡total un fusilado de más o de menos…! Pero un rostro de fusilado es una llaga muy fea, y acaba por introducirse allí la gangrena. Ha ganado la gangrena.

¿Dónde están, pues los asesinos de Companys? ¿En Moscú o en nuestro país? Hay que contestar: en nuestro país. Es preciso decir que nosotros hemos fusilado a Companys, que nosotros somos responsables de lo que ha venido después. Hay que declarar que nos hemos denigrado por haberlo hecho y que nuestra única manera de reparar consiste en mantener el recuerdo de una España que ha sido libre y que nosotros hemos traicionado, como hemos podido, en nuestro puesto y a nuestra manera, que eran pequeños.

Y es cierto que no hay una potencia que no la haya traicionado, salvo Alemania e Italia, que fusilaban a los españoles de cara. Pero esto no puede ser un consuelo, y la España libre continúa, con su silencio, pidiéndonos reparación. Yo he hecho lo que he podido, en cuanto respecta a mi débil parte, y es eso lo que le escandaliza a usted. La cobardía y el juego sucio hubiesen sido aquí el pactar. Pero me callaré con esto y no diré todos mis sentimientos, por consideración a usted. Todo lo más podría añadir que ningún hombre sensible se debería haber asombrado de que, teniendo que hacer hablar al pueblo de la carne y la nobleza para oponerlo a la vergüenza y a las sombras de la dictadura, haya escogido al pueblo español. A pesar de todo, yo no podía escoger el público internacional del Reader´s Digest o los lectores de Samedi-Soir y France Dimanche.

Pero quizá tiene usted prisa para que yo me explique sobre el papel que he dado a la Iglesia. En este punto seré breve. Usted encuentra odioso este papel, mientras que en mi novela no lo era. Pero en mi novela tenía que rendir justicia a aquellos de entre mis amigos cristianos que he encontrado durante la ocupación en un combate que era justo. Por el contrario, en mi obra de teatro yo tenía que decidir cuál ha sido el papel de la Iglesia de España. Y si lo he hecho odioso, es que, ante la faz del mundo, el papel de la Iglesia de España ha sido odioso. Por muy dura que sea esta verdad para usted, se consolará usted pensando que la escena que le molesta no dura más que un minuto, mientras que la que sigue ofendiendo a la conciencia europea dura desde hace diez años. Y la Iglesia entera se hubiese mezclado en este increíble escándalo de obispos españoles que bendecían los fusiles de la ejecución sumarísima si desde los primeros días dos grandes católicos, uno de ellos Bernanos, hoy ya muerto, y el otro José Bergamín, desterrado voluntario de su país, no hubiesen levantado la voz. Bernanos no hubiese escrito lo que usted ha leído sobre esto. Él sabía que la frase que concluye mi escena: “Cristianos españoles, estáis abandonados”, no insulta a vuestra fe. Sabía que si hubiese dicho otra cosa, o si me hubiese callado, a quien hubiera insultado yo habría sido a la verdad.

Si tuviese que rehacer El estado de sitio, lo volvería a situar en España: he ahí mi conclusión. Y a través de España, mañana como hoy, quedaría claro para todo el mundo que la condenación que se hace en la obra apunta a todas las sociedades totalitarias. Pero, por lo menos, eso no hubiese ocurrido sino al precio de una vergonzosa complicidad. Es así y no de otra forma, nunca de otra forma, como podremos conservar el derecho a protestar contra el terror. He ahí por qué yo no puedo estar de acuerdo con usted cuando dice que nuestro acuerdo es absoluto en cuanto al orden político. Porque usted acepta callarse sobre un terror para combatir otro mejor. Todavía quedamos algunos que no nos queremos callar sobre nada. Es nuestra sociedad política entera la que nos hace levantar el corazón. Y así no habrá salvación más que cuando todos los que valen todavía algo la hayan repudiado por completo, para buscar, en otro sitio que no sean las contradicciones insolubles, el camino de la renovación. De aquí a que eso llegue, hay que luchar. Pero sabiendo que la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios. Se edifica sobre las culpas de los liberales. Las palabras de Talleyrand son despreciables: una culpa no es peor que un crimen. Pero la culpa acaba por justificar el crimen y darle su coartada. Entonces desespera a las víctimas, y así es como es culpable. Eso es precisamente lo que yo no puedo perdonar a la sociedad contemporánea: que sea una máquina de desesperar hombres.

Encontrará usted sin duda que empleo demasiada pasión para un pretexto tan pequeño. Entonces déjeme que por una vez hable en mi nombre. El mundo en que vivo me repugna, pero me siento solidario de los hombres que sufren en él. Hay ambiciones que no son las mías, y yo no me sentiría a gusto si tuviese que caminar apoyándome en los pobres privilegios que se reservan para los que se las arreglan con este mundo. Pero me parece que hay otra ambición que debería ser la de todos los escritores: dar testimonio y gritar, cada vez que sea posible y en la medida de nuestro talento, por los que están sujetos a servidumbres como nosotros. Es esa ambición la que usted ha puesto en entredicho en su artículo, y yo no dejaré de negarle el derecho para ello en tanto que el asesinato de un hombre no parezca indignarle a usted más que en la medida en que este hombre comparta sus ideas.

(Artículo de Albert Camus publicado en el periódico francés Combat en diciembre de 1948.)

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