Discurso de Manuel Azaña el 21 de enero de 1937 en Valencia

Hacemos la Guerra porque nos la hacen 

Hacemos una guerra terrible, guerra sobre el cuerpo de nuestra propia patria; pero nosotros hacemos la guerra porque nos la hacen. Nosotros somos los agredidos; es decir, nosotros, la República, el Estado que nosotros tenemos la obligación de defender. Ellos nos combaten; por eso combatimos nosotros.

Nuestra justificación es plena ante la conciencia más exigente, ante la historia más rigurosa. Nunca hemos agredido a nadie; nunca la República, ni el Estado, ni sus gobiernos han podido no ya justificar, sino disculpar o excusar un alzamiento en armas contra el Estado. Nuestra posición se ha robustecido en estos seis meses.

Sépalo el mundo entero y sépanlo los españoles todos, los que combaten a un lado y a los que combaten al otro: nosotros hacemos la guerra por deber, y en el cumplimiento del deber estamos dispuestos a persistir con tanto tesón como sea necesario para conseguir nuestro fin.

Por esto decía yo, señores, que el problema, al plantearse, era para nosotros, hubiéramos querido que fuese siempre, un problema de orden nacional interior; como si dijéramos, restablecer la observancia de la ley; como si dijéramos, un inmenso problema de orden público. Desgraciadamente no ha sido así; la rebelión militar española desde el primer momento ha adquirido los caracteres de un gravísimo problema internacional, y, diciéndolo con una paradoja, añadiré que desde antes del primer momento; quiero decir, antes de que saliese a la luz el hecho físico de la rebeldía, porque estamos todos persuadidos de que si no hubiera precedido una intensa labor internacional, la rebelión militar española no habría estallado.

La invasión extranjera

El otro aspecto de la cuestión por donde, como decía antes, la rebelión militar asciende al plano Internacional, es el auxilio prestado a los rebeldes por ciertos países europeos. Cuando las fuerzas marroquíes, que también son extranjeras, no fueron bastantes para los fines militares de la rebelión, o cuando perdieron su eficacia militar o por lo que fuese, han empezado a venir a España contingentes armados de otros países. Y esto cambia en cierto modo la situación moral creada por la rebelión, porque ya no se trata del peligro de la República, ya no se trata simplemente de una guerra civil entre españoles; digámoslo claro: estamos en presencia de una invasión extranjera en España, y lo que peligra no es solamente el régimen político, sino la Independencia auténtica de nuestro país.

Hace meses, allá por julio, la primera vez que yo tuve ocasión de dirigirme a la opinión pública después de empezada la rebelión, me permití decir que la guerra que entonces se inauguraba era una nueva guerra de independencia, y que, además prometía ser el primer acto de una guerra general europea no declarada entonces todavía. Algunas personas encontraron exagerados los términos de la declaración. Pero que esto es una guerra de independencia ya lo estáis viendo, no solo por el hecho de que el pueblo español se lance al combate para recuperar sus derechos, que es una manera de ser independiente, sino por el hecho más concreto y menos discutible de que hay pasos extraños en el suelo español, huestes armadas contra nosotros, y de cuyo triunfo resultaría la opresión absoluta de la independencia española.

Ésta es la realidad: guerra de invasión, ataque directo a la independencia de España.

Y este hecho nuevo, en virtud del cual la personalidad o la representación militar, política y moral de los rebeldes pasa un poco a segundo término y aparecen en primera línea otros valores más importantes y más graves, crea para todos los españoles, incluso para los rebeldes, un problema, un problema de conciencia.

A mí no me cuesta ningún trabajo ser generoso con nuestros enemigos-no me lo ha costado nunca; no me arrepiento-, y en esta corriente de generosidad llego hasta a suponer que en las filas rebeldes habrá muchas gentes ofuscadas por la pasión política, por fanatismo de partido, por obediencia mal entendida, por un compañerismo llevado a extremos abusivos y perniciosos; pero me cuesta mucho trabajo creer que entre las tropas rebeldes no haya muchos que hayan sentido sonrojo de españoles cuando de su rebeldía se ha hecho  llave para abrir la puerta del territorio nacional a los ejércitos extranjeros. Me cuesta trabajo creer que entre los militares rebeldes, delincuentes contra el Estado-no vamos a disimular la gravedad del delito-, rebeldes contra el régimen, olvidados de la disciplina; me cuesta trabajo creer, digo, que entre esos militares no haya muchos a quienes les repugne y les horrorice ser delincuentes contra la esencia viva de nuestra patria.

Me cuesta trabajo creerlo, porque siempre he fiado en la eficacia del sentimiento del pundonor, aunque se extravíe, llevándonos a los extremos de la rebelión que estamos viviendo.

Rebelarse contra un Gobierno, rebelarse contra el Estado legítimo, estoy dispuesto a encontrarlo, no legítimo, pero natural. Lo que es antinatural es facilitar la invasión de la patria. Éste es el problema moral que se crea para los rebeldes por el hecho mismo de su acción, dejando entrar en España a ejércitos extranjeros.

Otro problema del mismo tipo se crea para otros muchos españoles que no han querido tomar parte en la contienda civil, que dicen que son neutrales, que por estas razones las otras, unas respetables, otras miserables, se creen superiores a la contienda que nos agita. Y yo digo a todos los españoles, altos o bajos, conocidos o desconocidos, dondequiera que estén: os permito, tolero, admito que no os importe la República; pero ¡que no os importe España! ¡Que no os importe la independencia de España! ¡Que podáis creer que es lícito seguir siendo neutrales cuando España está invadida y en peligro de que pase al dominio de un país extranjero! Eso no  puede ser. Esa neutralidad equivale a la traición. Hay que llamarlos a todos, a todos, porque la bandera republicana ha adquirido el valor de la bandera de la independencia española, y quien no se agrupe en torno suyo y no preste el auxilio que pueda, donde sea, falta a su deber; no ya a su deber de republicano, sino a su deber de español.

Nuestros fines de guerra

Oigo decir por propagandas interesadas, aunque mi higiene mental me lleva a privarme de ellas cotidianamente; oigo decir que nos estamos batiendo por el comunismo. Enorme tontería, si no fuese una maldad. Si nos batiésemos por el comunismo, se estarían batiendo solo los comunistas; si nos batiésemos por el sindicalismo, se estarían batiendo solo los sindicalistas; si nos batiésemos por el republicanismo de izquierda, de centro o derecha, se estarían batiendo los republicanos. No es eso; nos batimos todos, el obrero y el intelectual, el profesor y el burgués-que también los burgueses se baten-, y los sindicatos, y los partidos políticos, y todos los españoles que están agrupados bajo la bandera republicana; nos batimos por la independencia de España y por la libertad de los españoles y de nuestra patria. Por esto. Nosotros somos objeto de una campaña difamante en el orden político fuera de España y dentro de España; nosotros, señores, no exportamos política. ¡Ya sé yo que no estamos en condiciones de exportarla! Nunca hemos tenido intención de exportar política española a ninguna parte; mas tampoco exportamos política extranjera, ni admitiríamos la importación, ni nadie nos la ha pedido, ni nos la ha propuesto, ni lo desea, y estoy autorizado por mi función para declarar que la República española no tiene contraído ninguna especie de compromiso político con ningún país del mundo.

¿Es que cuesta tanto trabajo comprender el impulso nacional de un pueblo, que no quiere dejarse poner una argolla? ¿Pero tan extraño se ha vuelto para muchos españoles el concepto de libertad y de dignidad humana, y de la dignidad nacional, que les parece inverosímil batirse por algo que no sean los intereses de clase o la ideología de un partido? Pero y el sentimiento propio del hombre libre y el galardón de español, ¿no bastan para hacerse matar en las trincheras?

Oigo hablar de un movimiento nacional, que es como creo que califican su acción rebelde los autores de la rebelión. Un movimiento nacional, ¿puede existir si empieza por secuestrar la libertad de la nación? Yo estimo que un movimiento nacional sería irrefrenable en cualquier sentido que se pronunciase, si tal fuese el movimiento: nacional. Pero para que haya un movimiento nacional lo primero que tiene que haber son nacionales libres para manifestarlo. Y un movimiento político que mueve una guerra y se proclama nacional no tiene más que someterse a la prueba de dejar a sus súbditos, a sus esclavos, a sus dominados, que digan lo que piensan y lo que quieren. ¡Ah! ¡Si dicen que quieren la dictadura militar, yo me comprometo a suscribirla, porque estoy seguro de que poquísimos españoles votarían en favor de la dictadura militar! Entonces, ¿a qué obedece ese movimiento nacional? El movimiento nacional está aquí, en donde alienta el pueblo libre, asistiendo al Gobierno legítimo de la República en su tremenda empresa. No he visto ningún desfallecimiento.

A nadie se le ha obligado a combatir, a nadie se le ha obligado a abrazar la bandera de la República. ¿Pueden decir lo mismo los que ostentan este apelativo de movimiento nacional? Supongo que no. Sobre esta base de unión del pueblo español en defensa de sus libertades esenciales de hombre y de las libertades y de la independencia de su patria es sobre la que  está asentada esta enorme coalición de las fuerzas políticas y sociales y de Gobierno en defensa de España. Yo estimo que esta coalición y esta unión deben continuar, por lo menos, hasta la paz; por lo menos hasta la victoria. Quisiera que después también, porque cuando se acabe la guerra y haya forzosamente que prestar atención a una porción de problemas que ahora no están más que latentes, nos va aparecer la guerra cosa de juego y los problemas de entonces serán mucho más difíciles y graves, con ser tan terrible el problema de la guerra misma, y para entonces será necesaria también la cohesión de los españoles y el espíritu de abnegación y sacrificio que hoy por hoy reina entre todos vosotros.

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