La mujer republicana

Capítulo sobre la mujer del libro escolar El Niño Republicano (1932)

Durante años y años, durante siglos y siglos, se ha mantenido el error de que la mujer no podía mostrar actividades en el campo de la vida política de los pueblos. Se la tenía por un ser inferior al hombre, cuando en realidad no sólo es bien manifiesta su igualdad en dotes mentales, sino hasta su superioridad en no contados casos. Las mujeres han contribuido al despertar y a la emancipación de los pueblos, han puesto su fe y su espíritu en la obra revolucionaria de la manumisión de las sociedades oprimidas; han dado muchísimos nombres a las largas listas del martirologio político; han dado pruebas de su inteligencia, de mayor astucia que el hombre, de socorrida y brillantísima imaginación, de un valor verdaderamente varonil y por ello la República, que no en vano tiene la privativa de verse representada en la Iconografía por la severa Themis, diosa de la Justicia, proclama con sus contundentes y expresivos textos constitucionales, que la mujer es ante la Ley y ante el Derecho, igual en todo al hombre.

España es una de las primeras naciones del mundo que han llevado mujeres al Parlamento en calidad de Diputados de la Nación. La mujer que por su capacidad y por sus propios méritos ha sabido elevarse a las sublimes cumbres del Foro donde habla la Ley, que ha escalado las alturas médicas para ejercer el santo apostolado de la Medicina, que ha irrumpido en los campos de la administración civil para dar patentes muestras de capacidad en la vida de los negocios públicos; la mujer que, sin perder las bellezas, los encantos y delicadezas de su feminidad ha sabido ponerse al nivel del hombre en el ejercicio de todos los deportes y ha emulado las glorias del atrevimiento  y de la ciencia de la navegación aérea y en cuantas manifestaciones hay que patentizar valor, serenidad, resistencia física y tenacidad, bien merece que se rinda justicia cuando un pueblo rectifica sus pasados errores y comienza una nueva vida de Libertad y Derecho.

Esta obra de emancipación y de dignificación de la mujer es algo muy reciente.

En pleno zarismo, en Rusia, cuando culminaban las brutalidades del poder despótico, absoluto y absurdo del enorme imperio del knout (látigo), de las deportaciones inhumanas a Siberia, los fusilamientos y el terror, un pueblo que se mantenía casi a margen de la opresión rusa, Finlandia, tuvo un bello despertar, y apenas comenzado el último cuarto del siglo XIX, dio al mundo el asombroso espectáculo de abrir su Parlamento con buen número de mujeres diputados que pusieron su talento y con su palabra muy alto el concepto de la mujer como factor importantísimo en la vida política de un pueblo.

Desde entonces, por todas partes el esfuerzo de la mujer se ha centuplicado para alcanzar la igualdad, y fueron, Rusia en primer lugar, el pueblo de las máximas y admirables abnegaciones de la mujer intelectual lanzada a todos los horrores de una revolución interminable; y la Gran Bretaña, que dio el ejemplo sin igual de la tenacidad de las sufragistas inglesas; y Francia, la de las trágicas mujeres en su inigualada y grandiosa Revolución del siglo XVIII, que viene dando al mundo el asombroso ejemplo de la altísima cultura de la mujer francesa.

Como prueba incontestable de la capacidad femenina para el ejercicio de la vida política, ofrécesenos el actual caso de Turquía, el imperio otomano de los sultanes rojos que con gran agresividad, despotismo y tiranía encendieron Europa las terribles guerras del siglo XIX, convirtiendo los Balcanes en un peligrosísimo volcán, en un foco de grandes, altas y siniestras llamaradas de un constante incendio.

A consecuencia de la guerra de 1914-1918 cayeron para siempre los sultanes rojos; el pueblo turco hizo su revolución y entonces surgieron con la República de Turquía dos hombres admirables-Kemal y Enver- que en pocos años han convertido el temible imperio osmalí en un faro para la civilización de Asia. Pero los más admirable en este resurgimiento maravilloso de un pueblo que bajo la República nace a la civilización, son sus mujeres, las esclavas de hace muy pocos años, que a miles, a muchos miles han invadido las Universidades y establecimientos científicos de toda Europa, dando tan gallardas muestras de su extraordinaria capacidad que ya se tiene por indiscutible que la ciudad de Constantino el Grande será en fecha no muy lejana la cuna de una nueva civilización.

En España se ha ido ya todo lo lejos que se podía ir. La mujer republicana española es electora y es elegible. Esta máxima conquista política pone de manifiesto que la República, solamente la República, al consagrar en la Constitución el derecho electoral de la mujer, ha realizado completa y esplendente la obra de la emancipación femenina. Ningún pueblo, como el español, podrá consignar que ha dado el más amplio concepto al sagrado principio de la “igualdad ante la Ley”.

Verdad es que tal tributo lo mereció cumplidamente la mujer republicana española que, guiada de sus nobilísimos sentimientos y patentizando con ello su exquisita educación cívica y política, dio al mundo el emocionante espectáculo de organizar “La fiesta blanca” en Barcelona en 1914, tres meses antes de estallar la guerra mundial de 1914 a1918. Más de treinta mil niñas vestidas de blanco desfilaron por la populosa capital entonando canticos alusivos a la paz y condenatorios de la guerra.

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