14 de abril de 1931, proclamación de la II República

Capítulo dedicado a la proclamación de la Segunda República del libro “El niño republicano” (1932).

Había finalizado el año 1930 con sucesos gravísimos, entre ellos el movimiento revolucionario de Barcelona y otras ciudades de España, en el mes de noviembre, y el pronunciamiento republicano de Jaca, dirigido por los capitanes de infantería Galán y García Hernández. Sofocadas las huelgas revolucionarias, y dominado el movimiento de Jaca por la defección de algunos compatriotas comprometidos en él, se registró por los mismos días de este último acontecimiento la sublevación de los aviadores y de otras fuerzas de Carabanchel, logrando también el Gobierno restablecer la situación.

Numerosos políticos, jefes y dirigentes de todos los partidos democráticos y republicanos, se hallaban en la emigración o encerrados en las cárceles por haberse descubierto una conspiración para derribar el régimen.

La sublevación de Jaca tuvo el desenlace triste del doble fusilamiento de los dos bravos capitanes que la dirigieron. Ni los millones de telegramas de toda España pidiendo clemencia, ni el tacto político, hicieron desistir al último gobierno de la Monarquía del fusilamiento de los dos héroes.

A partir de la sublevación fracasada, los ánimos fueron excitándose de más en más. Muchos políticos antes destacados en las filas de la Monarquía desertaban de ellas para pasarse a las republicanas como protesta contra el despotismo de los gobernantes. El trono de Alfonso XIII se tambaleaba, pronto a derrumbarse ruidosamente.

Desde que a la dictadura del general Primo de Rivera substituyera la del general Berenguer, había sido el mayor afán del gobierno monárquico llevar a cabo una convocatoria para elecciones, a fin de que la situación ilegal del régimen y de los gobernantes cesara entrando nuevamente en vías de legalidad.

La opinión de España entera, no obstante, no tenía fe ninguna en la sinceridad de las elecciones que preparaba el gobierno, y todos los partidos políticos decidieron abstenerse de concurrir a ellas, ya que se pretendía elegir primero el Congreso de los Diputados, sin renovar propiamente los Ayuntamientos constituidos todavía por concejales nombrados por las dictaduras, no designados por la voluntad popular. Sin la garantía de que las autoridades municipales velaran por la pureza del sufragio, nadie quería ir a las elecciones.

Alfonso XIII, comprendiendo la gravedad de la situación, mayor todavía que la de otras ocasiones, como 1917 y 1920, en que había hecho todos los preparativos necesarios para abdicar y huir de España, accedió al fin a que se celebrasen primero elecciones municipales, debiendo efectuarse más adelante las de diputados.

Fueron fijadas aquéllas para el domingo día 12 de abril de 1931. En el período  de mes y medio comprendido entre la fecha decretada y la de convocatoria de elecciones, las propagandas de todas las agrupaciones políticas fueron intensísimas y se pudo apreciar cuál sería, casi seguramente, el resultado a que se llegaría.

Con un entusiasmo indescriptible acudieron los españoles a depositar sus votos en las urnas el famoso día 12 de abril, en cuya noche ya se daba por descontado el triunfo clamoroso de las candidaturas republicanas en todo el país.

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No se ocultó al todavía rey de España la importancia de aquel plebiscito. España rechazaba la monarquía manifestando su voluntad, sin efusión de sangre. Los tiempos del  régimen monárquico habían terminado.

El mismo día 12 de abril, por la noche, así como durante todo el siguiente, 13, fueron innumerables las manifestaciones republicanas que por todas las ciudades y por todos los pueblos de la nación circularon vitoreando la República. Los vítores llegaron hasta el mismo Palacio Real y fueron la causa decisiva de que Alfonso XIII pensara en la necesidad de luchar contra el pueblo, o de abandonar el trono.

Reunió el monarca a sus adictos, les sometió consulta, les pidió ayuda y consejo. Estos que no dejaban de comprender el cambio experimentado por el pueblo español y que creían para sí y para Alfonso la partida perdida aconsejaron a este procurara evitar todo derramamiento inútil de sangre.

Además, ellos estaban muy lejos de iniciar una lucha fratricida que no había de reportar beneficio alguno para la patria.

El rey que pronto dejaría de serlo, dispuso su marcha y, secretamente, ocultándose, huyó en automóvil hacia Cartagena, en donde embarcó con rumbo a Inglaterra.

Entre tanto, y cuando todavía Alfonso XIII intentaba resistir la voluntad del pueblo, rodeado en su palacio por los pocos leales que le quedaron en los momentos de la derrota, los republicanos encarcelados eran puestos en libertad y formaban el gobierno provisional de la segunda República.

Las fuerzas del Ejército, de la Guardia Civil y de Seguridad, dando un alto ejemplo de ciudadanía, habíanse inhibido de una lucha tan ejemplar como la que , entablada con papeletas de sufragio , derribaba un trono real para dar paso al régimen republicano. De no haber sido así lo que fue júbilo para los españoles, hubiera podido comenzar con una dolorosa tragedia.

Todo el país se había puesto en pie unánimemente. Antes de que Alfonso XIII decidiera darse por vencido, ya en dos ciudades, en Éibar y en Zaragoza ondeaba la bandera tricolor que hoy es nuestra enseña.

Al ponerse el sol del día 14 de abril de 1931, la Segunda República era un hecho consumado. Como la primera, su implantación se había logrado sin el menos derramamiento de sangre.

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