Crónica de George Steer sobre el bombardeo de Guernica

27 de abril de 1937

Guernica, la ciudad más antigua de los vascos y núcleo de su tradición cultural, quedó completamente destruida ayer por la tarde por los bombardeos aéreos insurgentes. El bombardeo de esta ciudad desprotegida y muy alejada del frente duró exactamente tres horas y cuarto, durante las cuales un poderoso escuadrón compuesto por aviones alemanes de tres tipos, bombarderos Junkers y Heinkel, no cesó de descargar sobre la ciudad bombas que pesaban de 450 kilos para abajo y, según las estimaciones, más de 3000 bombas incendiarias de aluminio de un kilo. Mientras tanto, los cazas se lanzaban en picado sobre el centro de la ciudad para ametrallar a la población civil que se había refugiado en los campos.

La ciudad entera de Guernica pronto ardió en llamas, salvo la histórica Casa de Juntas con sus preciados archivos de la estirpe vasca, donde solía reunirse el antiguo parlamento vasco. El famoso roble de Guernica, el viejo tocón seco de seiscientos años y los jóvenes retoños de este siglo, también quedaron intactos. Allí era donde los reyes de España solían prestar el juramento de respeto a los fueros de Vizcaya y, a cambio, recibían la promesa de lealtad de los feudos con el título democrático de «Señor», y no «Rey», de Vizcaya. La majestuosa parroquia de Santa María tampoco sufrió daños, a excepción de la hermosa sala capitular, que recibió el impacto de una bomba incendiaria.

A las dos de la mañana de hoy, cuando visité la ciudad, toda ella presentaba un aspecto aterrador, pues ardía de un extremo a otro. El reflejo de las llamas se veía en las nubes de humo que sobrevolaban las montañas desde una distancia de dieciséis kilómetros. A lo largo de toda la noche las casas se han ido derrumbando hasta que las calles se han convertido en largos montones de escombros rojos impenetrables. Muchos de los civiles supervivientes emprendieron una larga marcha desde Guernica a Bilbao en anticuados carros vascos de robustas ruedas tirados por bueyes. Los carros donde se amontonaban todas las posesiones domésticas que pudieron salvarse de la conflagración, atascaron las carreteras durante toda la noche. Otros supervivientes fueron evacuados en camiones del gobierno, pero muchos se vieron obligados a quedarse en los alrededores de la ciudad en llamas tumbados en colchones o buscando a parientes desaparecidos y niños, mientras las brigadas de los bomberos y de la policía vasca motorizada bajo la dirección personal del ministro del Interior, el señor Monzón, y su esposa, continuaban con las labores de rescate hasta el amanecer.

Alarma en la campana de la iglesia     

Por la forma en que fue llevado a cabo y la envergadura de la devastación que produjo, así como por la selección del objetivo, el bombardeo de Guernica no tiene punto de comparación en la historia militar. Guernica no era un objetivo militar. En las afueras de la ciudad se asienta una fábrica que produce material de guerra y ha quedado intacta. También lo están dos barracones que había a cierta distancia de la ciudad. La ciudad queda muy alejada de las líneas de combate. El objeto del bombardeo fue aparentemente la desmoralización de la población civil y la destrucción de la cuna de la estirpe vasca. Todos los datos confirman esta apreciación, empezando por el día en que tuvieron lugar los hechos. El lunes era el tradicional día de mercado en Guernica para toda la zona. A las 16.30 horas, cuando el mercado estaba lleno y todavía continuaban llegando campesinos, la campana de la iglesia dio la alarma de que se aproximaban aviones, y la población buscó protección en sótanos y refugios subterráneos construidos tras el bombardeo de Durango del 31 de marzo, que inauguró la ofensiva del general Mola en el norte. Se dice que la población ha hecho gala de una moral alta.

Un sacerdote católico se hizo cargo de la situación y ayudó a mantener el orden en todo momento. Cinco minutos después, apareció un único bombardero, sobrevoló la ciudad en círculo a baja altura y, a continuación, arrojó seis bombas pesadas, aparentemente dirigidas contra la estación. En un aguacero de granadas cayeron bombas sobre un antiguo instituto y sobre las casas y calles que lo rodean. Luego el avión desapareció. Al cabo de otros cinco minutos llegó un segundo bombardero que lanzó el mismo número de bombas en medio de la ciudad. Aproximadamente un cuarto de hora más tarde, llegaron tres Junkers para proseguir con la labor de demolición, y a partir de ese momento el bombardeo aumentó en intensidad y fue continuo hasta que se aproximó el anochecer, a las 19.45 horas. La totalidad de esta ciudad de 7000 habitantes más 3000 refugiados fue lenta y sistemáticamente despedazada.

La técnica empleada por los bombarderos consistía en bombardear caseríos o granjas aisladas en un radio de ocho kilómetros. Durante la noche ardieron como velas sobre las montañas. Todas las aldeas circundantes fueron bombardeadas con la misma intensidad que la propia ciudad, y en Múgica, un grupito de casas situado a la entrada de Guernica, la población fue ametrallada durante quince minutos.

Es imposible determinar todavía el número de víctimas. En la prensa de Bilbao se informaba esta mañana de que era «afortunadamente reducido», pero se teme que sea un eufemismo para no alarmar a la inmensa población de refugiados de Bilbao. En el hospital de las Josefinas, que fue uno de los primeros lugares en ser bombardeado, los cuarenta y dos milicianos heridos que albergaba murieron en el acto. En una calle por la que se baja la ladera desde la Casa de Juntas, vi un lugar en el que se decía que cincuenta personas, casi todas ellas mujeres y niños, quedaron atrapadas en un refugio antiaéreo bajo una masa de escombros ardiendo. A muchos de ellos los mataron en el campo, y en conjunto los muertos pueden ascender a centenares. Un anciano sacerdote llamado Arronategui murió a causa de una bomba mientras rescataba a unos niños de una casa en llamas.

La táctica de los bombardeos, que puede ser de interés para los alumnos de la nueva ciencia militar, fue la siguiente: en primer lugar, pequeños grupos de aviones lanzaron bombas pesadas y granadas de mano por toda la ciudad, seleccionando una tras otra las zonas de forma ordenada. A continuación llegaron los cazas, que descendieron en picado para volar a baja altitud y ametrallar a quienes salían corriendo aterrorizados de los refugios, algunos de los cuales ya habían recibido el impacto de las bombas de 450 kilos, que abren un boquete de 8 metros de profundidad. Muchas de estas personas fueron asesinadas mientras corrían. Un gran rebaño de ovejas al que conducían al mercado también fue barrido. El objeto de este movimiento fue, según parece, volver a llevar a la población bajo tierra, ya que aparecieron a un tiempo nada menos que doce bombarderos que arrojaban bombas pesadas e incendiarias sobre las ruinas. La pauta de este bombardeo de una ciudad abierta fue, por tanto, lógico: primero, granadas de mano y bombas pesadas para hacer huir en estampida a la población, luego, fuego de ametralladoras para que se refugiara bajo tierra y, a continuación, bombas pesadas e incendiarias para demoler las casas y quemarlas sobre las víctimas.

Las únicas contramedidas que los vascos pudieron utilizar, ya que no disponían de aviones suficientes para hacer frente al escuadrón insurgente, fueron las que provinieron del heroísmo del clero vasco. Ellos bendijeron a la multitud arrodillada y rezaron por ellos en los refugios que se desmoronaban: había socialistas, anarquistas y comunistas, así como creyentes declarados. Cuando entré en Guernica después de medianoche las casas se venían abajo hacia los lados, y era decididamente imposible hasta para los bomberos tratar de llegar al centro de la ciudad. Los hospitales de las Josefinas y del convento de Santa Clara se reducían a rescoldos incandescentes, todas las iglesias a excepción de la de Santa María quedaron destruidas, y las pocas casas que todavía se mantenían en pie estaban condenadas a derrumbarse. Cuando volví a visitar Guernica esta tarde, la mayor parte de la ciudad seguía ardiendo y se habían declarado nuevos incendios. En un hospital en ruinas se amortajó a unos treinta cadáveres.

Aquí, el efecto del bombardeo de Guernica, la ciudad sagrada de los vascos, ha sido profundo, y ha llevado al presidente Aguirre a realizar la siguiente declaración en la prensa vasca de esta mañana: «Los aviadores alemanes al servicio de los rebeldes españoles han bombardeado Guernica, incendiando el casco histórico por el que tanta veneración sienten todos los vascos. Han tratado de herirnos en lo más profundo de nuestros sentimientos patrióticos, dejando absolutamente claro una vez más lo que Euskadi debe esperar de aquellos que no vacilan en destruirnos hasta en el santuario mismo que recoge los siglos de nuestra libertad y nuestra democracia. Ante esta atrocidad, nosotros, todos los vascos, debemos reaccionar con violencia jurando desde el fondo de nuestro corazón defender los principios de nuestro pueblo con una obstinación y un heroísmo sin precedentes si la situación lo exige. No podemos ocultar la gravedad de este momento, pero el invasor no conseguirá nunca la victoria si, elevando nuestra moral hasta lo más alto de su fuerza y determinación, nos armamos de valor para derrotarlos. El enemigo ha avanzado en muchos otros lugares para después ser expulsado de nuevo. No dudo en afirmar que aquí sucederá lo mismo. Que la ira del día de hoy nos espolee aún más para hacerlo con suma rapidez».

 

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